(1h 48' 20")
"¡Más fuerte, hasta las nubes!" Y así, estuve un rato empujando a María, subida a uno de los columpios del pequeño parque, cerca de casa. Un rato durante el que vi pasar a unos cuantos corredores: con su ritmillo, su vestimenta (alguno con guantes), su tiempo para salir o su decisión por sacarlo de donde sea...
La mañana anterior la había dedicado a participar en la Media de Almería, a la que me presenté sin haber salido ni un solo día (bueno, sí: una vez por la mañana) desde la media de Lorca, a la que había ido sin haber salido ni un... En fin, esta es ya una historiarepetitiva y penosa.
Tendrán que afanarse un pelín más los de la organización, por las dudas a la salida ("¡El año que viene, otra vez gratis!"), y sobre todo por la espera tras la llegada, acartonados, suspirando por algo de líquido ("¡Fuera! ¡Fuera!"): ¿es tan difícil que la fila de los que terminan vaya con algo de fluencia?
Traté de mejorar lo de Lorca y acabé con un minuto más, dos más que el año pasado y unos cinco por encima de lo que cualquiera con algo de orgullo y esfuerzo por hacer las cosas medio bien esperaría, tras aquellos buenos 42 minutos de Baza, ahora tan lejanos.
Pensaba que iba a estar peor. De agujetas, digo, pero no: no me molestaron lo más mínimo para bajar con María al parque y empujarla al columpio.
Rumiaba yo estas consideraciones con los habituales auriculares. Las música que salía por ellos tampoco impidió que escuchara la risa satisfecha de quien disfruta un momento de juego, poniéndose como objetivo las nubes.
Siguen sonando en Islas De Robinson, y yo cuelgo de nuevo su disco: aquí
¡Anda, mira! Revisando esa estupendísima página que es CHT (puede que me suscriba a la revista, puede que me suscriba), me encuentro con esta portada que aúna varias de esas llamadas aficiones que, ya no es que sólo rellenen el tiempo libre que no tengo -que no debería tener-, sino que uno impone para ir tirando de la vida por caminos paralelos.
La bici, la música, las historietas... son necesarias carreteras (¿secundarias?) para mí. Más de una vez he soñado con el inesperado descubrimiento de una pila así de grande de esos Mortadelos de la época en que repartíamos el tesoro de la calderilla entre chucherías y tebeos comprados en el quiosco de Juana. Hubo un día en que, rebuscando entre la basura de La Ramblica (antes sabíamos cómo inmunizarnos de por vida), me encontré con un viejo monedero que escondía nada menos que un billete de los de Falla: cien pesetazas. Me lo gasté enterito en Mortadelos, y tuve que frenarme al ver que tan inmensa cantidad tampoco daba para tantos tebeos.
El revisionismo histórico subraya sin embargo la cara de decepción de Fernando, compañero de aventuras y supongo ahora que justo beneficiario, a partes iguales, del botín encontrado.
Recuerdos recuperados.
Decía que espero la reedición en vinilo de los Dukes Of Stratosphear cuando me encuentro, nada menos, que con esto:
¡Nuevo disco de los Wondermints! Si hubo alguna vez, en todos estos años, un descubrimiento que me conmocionara tanto en el mundo que me tocó vivir de la Gran Melodía Pop Blanca, ese fue el de los fabulosos Wondermintitos, y ahora me topo con este Kaleidoscopin que resulta –buscando emocionado más información- se trata de un recopilatorio de rarezas y tal (versiones, singles, canciones en recopilatorios), editado por, toma ya, el reverenciado Steve Stanley en su sello Now Sounds, y que contiene veinte canciones, veinte, con libreto potente. No es nada de extrañar, sabiendo de la estrecha colaboración entre editor y banda, todos artistas.
Ahora la cosa se complica para mi bolsillo, pero ya veré cómo hago para hacerme con él.
Desde que supe lo de la reedición de los dos discos de The Dukes Of Stratosphear, he estado pendiente de la anunciada edición en vinilo. La fecha se acerca: a finales de este mes. Habiendo disfrutado todos estos años con la edición conjunta en CD, creo que van a caer por separado y en el formato rey, porque estos artefactos lo merecen.
Lo que se me había pasado por alto era esta edición limitada que incluye chucherías mayores y menores como lo del single, los billetitos, la camiseta ¡y hasta un puzle!
Tiempo de dulce venganza, señor Partridge: cómo se nota la revancha por esos años en los que la férrea mano de Virgin mantuvo el material alejado de los deseos de sus autores de disponer de él como quisieran. Ahora, Ape Records tira de esplendoroso merchandising para captar el olfato de unos mitómanos seguidores con ávidas papilas gustativas, como va de suyo.
Pero no, yo ya me conformaré con los vinilos, ya. Y no será poco.
Uno, aficionado a los sellos discográficos, tiende a tratar a las editoriales de la misma manera, y el mismo mérito y exigencia podemos encontrar y pedirle a editoriales como Impedimenta, uno de esos sellos merecedores de atención por el cuidado en la edición de unas obras seleccionadas por su interés literario, y con atención hacia los créditos: la importancia de los traductores.
Acabo de terminar El Sendero En El Bosque, de Adalbert Stifter, atraído en su momento por la imagen de la figura (rescatada y agrandada con el tiempo) de escritor centroeuropeo con sensibilidad por el detalle que ofrece historias mínimas de emociones retardadas, a la manera de Robert Walser, pero también gracias a una bonita cubierta. Y bueno, he seguido con paciencia la historia del maniático señor Don Tiburius, y su definitivo encuentro en el bosque con la joven de las cerezas; y me quedo con algo de sabor a aire alpino (el balneario de montaña, los senderos del bosque), pero también con las ganas de que el autor hubiese desarrollado más el personaje del heterodoxo doctor, dándole más presencia en la obra. Espíritu de romanticismo alemán, con desenfado y candor, que es como prsentan al autor en la página de la editorial.
Creo que la portada le ganó al contenido. Es el segundo libro de esta editorial que tengo, y el primero que he terminado, porque será que no encuentro la sensibilidad de ánimo necesaria para disfrutar de Botchan.
Seguiremos dándole más oportunidades a las ediciones de Impedimenta, por su logro al insinuar que en alguna de ellas uno puede encontrar el libro que marque una temporada.
(1h 47' 42")
Tras la San Silvestre de Almería había dicho que al menos saldría a correr algo, antes de la Media de Lorca... ¿Hace falta decirlo? Nada, no salí nada: el tiempo lo puso difícil, y la única mañana disponible la dediqué a la bici.
Pero ni eso es excusa para la sensación amarga que me quedó tras la prueba en Lorca: un tiempo lamentable y sobre todo las pobres sensaciones que tuve ya desde el principio en esa fría mañana de domingo. Me pasó lo que nunca: ¡llegué tarde! ¡Estaba convencido de que la salida era a las diez, y no a las menos cuarto! Imagínate el golpe cuando el municipal te suelta que la carrera ya ha empezado... menudo sofocón.
¡Puff!... y así toda la carrera: no iba, y todo el mundo parecía dejarme atrás o resultar inalcanzable, por pocos metros que me llevaran. Nada, no pude lograr ni uno solo de los objetivos que me imponía ("a ese tienes que cogerlo"; "no puede ser que esta muchacha te adelante"...), y terminé por encima de los cinco minutos el kilómetro.
No estaba para quedarme un rato revoloteando por los puestos -con plancha y todo- que surtían de combustible sólido y líquido a los participantes, en meta. Un par de rebanadas con sobrasada, muy buenas, pero que parecieron convertirse en ceniza mientras regresaba ya con el anuncio de terribles agujetas en mis piernas acartonadas.
Qué modelo de previsión y profesionalidad el mío: sí, me había levantado con tiempo para el viaje y había preparado el necesario surtido de canciones enlatadas en mp3, porque, claro, cómo iba a fallar yo en eso... Lo demás, secundario, ya viene después: olvidarme la documentación del coche y el carné en casa, por ejemplo, o también ir con el combustible justo para regresar si no pasaba de los noventa en la autovía porque, claro, no llevaba ni un duro... En fin, y sin haber salido nada. Sí, regresé sin haberme quedado tirado por falta de gasolina, pero más de uno en casa pensó que "no está mal" eso de hacer un buen viaje para darse una panzá de correr y encima venir desanimado...
Dentro de dos semanas, la de Almería. Tú sigue así y no espabiles que verás...
1. Dom Salvador E Aboliçao: “Number one” (Som, Sangue E Raça, 1971):
El pianista brasileño Dom Salvador es una figura clave en el desarrollo del soul y funk de la música de su país: la llamada revolución Black Rio. Acompañante instrumental de grandísimas figuras como Elis Regina, Quarteto em Cy, Jorge Ben o Edu Lobo, venía de trabajar la fórmula samba jazz con grupos como Copa Trio o Rio 65, para después formar la banda Aboliçao, compuesta sólo por músicos negros. “Number one” es una buena muestra de esa mezcla de funk, soul y jazz, y el álbum en el que está contenido obedece al “intento de fusionar MPB y groove estadounidense”, según las sabias palabras de José A. Castillo, quien lo metió en su lista de discos de funk brasileño aparecida en el nº 24 de Enlace Funk, para celebrar el primer aniversario de tan influyente publicación para mí. Así que, una vez más, les agradezco descubrimientos como los de este fenomenal álbum, con más instrumentales favoritos para lucir en cualquier otro volumen.
2. Fitness Forever: “Albertone” (Personal Train, 2009)
3. Giancarlo Gazzani: “Amori finiti” (1966):
Enseguida nos metemos suavemente en terreno cinemático de elegancia italiana: que los de Elefant Records se apunten un buen tanto por el descubrimiento de Fitness Forever, cuarteto napolitano encabezado por el señor Carlos Valderrama que da un golpe de autoridad como digno hacedor de pop vitalista de arreglos elegantes, criado con las maneras clásicas de Bacharach o de autores como Mancini, Legrand, Morricone, Rota, Umiliani, Piccioni… en fin, ahí queda el soberbio ejercicio de “Albertone”.
Y por eso, “Amori finiti” de Giancarlo Gazzani” (ya comentado al sobresalir en el recopilatorio Metti Una Bossa A Cena), tan del Morricone bossanovesco más cautivador, seguro que es una favorita de ellos.
4. Nicola Conte: “Solo” (The Modern Sound Of Nicola Conte, 2009):
Más italianos: éste lleva ya brillando en los últimos años, desde que lo descubriera en el gran blog (ése sí) de Mr Pleasant, sabio degustador de fundamentadas ensaladas (pop, soul, jazz, brasil). Desde entonces trato de no perderme sus elegantes movimientos. Por fin se edita un disco con canciones a las que él (tirando de una banda de músicos que gravitan más o menos alrededor de la base compuesta por Pietro Lussu al piano, Pietro Cuancaglini al contrabajo y Lorenzo Tucci a la batería) les mete mano, por decirlo de alguna manera… Santiago Tadeo, de la estimable página Acid Jazz Hispano, lo cuenta mucho mejor. Por cierto que “Solo” es una versión del gran J. T. Meirelles (y no “Mereilles”, como aparece en los créditos), otro de aquellos jazzsamberos que explosionaron la escena brasileña; éste, con sus Os Copa 5, a mediados de los sesenta. Y vaya, que releyendo las notas del propio autor para la reedición de O Som, el primer álbum de Meirelles E Os Copa 5 -que trae tres cortes del segundo, O Novo Som, al que pertenece “Solo”-, resulta que estamos ante una versión de un tema que es una variación de una composición de John Coltrane, que a su vez se basaba en la variación de una pieza de Debussy. ¡Oh, bendito bucle lioso!...
5. Javi P3z Orquesta: “(Never mind the) bolos (Sports, 2004):
En su momento anduve detrás de este trabajo de simpática temática del inquieto donostiarra Javi Pez, gracias principalmente a este “(Never mind the) bolos”, bastante groovy con esa acertada mezcla de percusión afrocubana y cortantes teclados cool sesenteros.
6. The Duckworth Lewis Method: “Rain stops play” (The Ducworth Lewis Method, 2009):
La acerada elegancia que siempre poseen los sorbos de jazz va a dejar ahora paso a un ambiente más blanco de pop británico: porque es muy británica esa otra manera de moverse, andando con elegancia, entre lo sublime y lo ridículo, y sacar algo provechoso de ello. Vale, Neil Hannon (The Divine Comedy) y Thomas Walsh (Pugwash) conocerán esas maneras (habiendo mamado genio de Scott Walker uno y Andy Partridge el otro): la imagen, la excentricidad de un disco conceptual basado en el cricket… Y se lo pasarán bien practicándolas juntos, pero miren, ninguno de ellos será nunca el Gran Inglés Viviente, pero en fin: algo es algo, porque aunque el auténtico es el admiradamente consecuente, el querido Martin Newell, estos tipos de cuando en cuando aportan, y “Rain stops play”, con su aire de misteriosa leyenda, les ha quedado muy bien.
7. Lloyd Cole: “Somewhere out in the East” (Cleaning Out The Ashtrays, 2009):
Nombre propio en el pop británico de las últimas décadas ya, oh dios, celebro que siempre tuviera ese gusto por los ejercicios instrumentales. Me encuentro con éste rastreando en ese recopilatorio suyo de material que llena hasta tres discos. Yo me conformo, y no va a estar nada mal, con hacer uno con mis canciones preferidas suyas, desde los tiempos de los Commotions, pero también en solitario durante los últimos años.
8. The Chamber Strings: “Month of Sundays” (Month Of Sundays, 2001):
Música que marcó el pasado otoño, y uno de los puntos álgidos de emoción de este recopilatorio tan tranquilo o de perfil bajo, según el gusto de posibles oyentes; pero es el momento de la cerveza a la luz de atardecer lo que les queda -y por lo que a veces ya sólo suspiran-, a los trabajadores de perfil bajo. Y la idealización de un lugar en el que la música también ayude a la epojé.
9. Chewy Marble: “Moments” (Modulations, 2008):
Más sosiego evasivo y liberador. También celebraré siempre que encuentre estas cosas dentro del supuesto fiero territorio del power pop. La melodía salvadora queda y lo demás se traga pero se deshecha. Mucho deshecho de un tiempo a esta parte, pero seguirá mereciendo la pena.
10. Don Agrati: “Rocky mountain bear hunt” (Homegrown, 1973):
Cambio de tercio, como si de uno de esos “instrumentrales para separar fases” se tratara, porque este “Rocky mountain bear hunt” me sabe a locuelo encontronazo durante alguna fiesta bon vivant de los felices veinte (sí, podría formar parte de la banda sonora de “Jeeves y Wooster”). A este miembro fundador de los legendarios -en los círculos sunshine-, The Yellow Balloon lo conocía por su LP Homegrown, para Elektra, del 73; un buen disco con canciones como la bella “I was a man”, de sensible poso rundrenesque.
11. Alan Hull: “STD 0632” (Pipedream, 1973):
Entrada en territorio folk, con el fundador de Lindisfarne, una de esas bandas (como Pentagle, como Trees, como sobre todo Fairport Covention) que pueden servir para adentrarse en el folk rock y luego ya ir dejando lo de “rock”. Su disco en solitario para Charisma fue uno de los descubrimientos del pasado año, gracias a este sitio que rescata ediciones japonesas: queda bien lo del lateral con caracteres nipones, siempre señal de estar ante un super import. Como los de las bandas anteriormente citadas, este álbum rota regularmente por las Islas de Robinson, y no se me ocurre mejor credencial. “United states of mind”, “Numbers (travelling band)”, “Drug song”, “Song for a windmill”, “I hate to see you cry” y este instrumental de enigmático título, son ejemplos del estilazo compositivo que se traía este tipo. Gran, gran disco. Hace años este tipo de portadas me hubieran echado para atrás; ahora me atraen, y lo mejor fue comprobarla como puerta de entrada de un espléndido contenido.
12. Stackridge: “God speed the plough” (BBC Radio 1 Live In Concert, 1991):
Seguimos en ambiente con más magia de parecido sello: Stackridge, otros gigantes en inspiración melódica con olores campestres. Nuevo álbum suyo hace poco, que los trae algo más roquerillos, pero aún con algún ejemplo de aquella clase (como “The old country” o “(Waiting for you and) England to return”: sigan copiando, Neil Hannon y compañía) que hizo discazos en los setenta como Man In the Bowler Hat (en el que estaba este instrumental) o Extravaganza, y también después (Something For The Weekend), gracias a la fértil inspiración del gran James Warren. “God speed the plough” contiene simiente de lavanda y partes de arreglos sublimes que apuntan a una cierta grandeza melódica inglesa.
13. Marcos Valle; “Éle e ela” (Marcos Valle, 1970):
Nuevo cambio de tercio, pero misma maestría melódica, incluida en uno de aquellos grandes álbumes de los setenta que convirtió a Marcos Valle en uno de los más grandes, superando lo de ser participe de la llamada segunda generación de la bossa nova.
14. Erlon Chaves & Sua Banda Veneno: “All my love is for you” (Banda Veneno Internacional, 1973):
Así pues, Brasil toma el relevo contagiando alegría con este semi instrumental (“la-la-la/ All My Love Is For You”, lo del coro cantando como si un instrumento más fuese: un trombón, se dice en Loronix: ¡pero qué gran sitio!), que me encontré en una de esas series recopilatorias niponas (Afternoon Tea Music) que mira, comparte parecidos gustos en perfume con la de este servidor. Me entero de que se trata de un arreglista de renombre que hizo una serie de cuatro o cinco álbumes con versiones de otros artistas, a los que pertenece este contagiante ejemplo.
15. Os Cobras: “Don’cha go way mad” (Os Cobras, 1960):
Más material encontrado en esa mina de la música brasileña que es Loronix. Estos misteriosos Os Cobras significó la reunión de un grupo de músicos entre los que sobresale quizá Moacir Santos al saxo tenor, y que habrá que no confundir con los otros Cobras, los de Milton Banana, autores de ese gran álbum que es O LP, de 1963. El disco en el que está este elegante y cuidado ejercicio -con Julinho Barbosa al trombón de pistones-, está formado a medias por versiones del cancionero norteamericano, a medias por composiciones propias de los músicos; y es anterior, de 1960.
16. Ben Vaughn: “While we’re here” (Designs In Music, 2006):
Buen momento para abusar un poco más de calma soñadora, gracias a este “While we’re here” que es puro twilight y que está sacado de un álbum enteramente instrumental de Ben Vaughn, otro de esos artistas de largo recorrido con mucho ganado, de los que se lucen por igual en álbumes para sí mismos que en bandas sonoras o en cuñas publicitarias.
17. Little Name: “A life such as mine” (How To Swim And Live, 2007):
Aparte de tener un portadón, lo bueno de este disco es que el contenido, tratándose de indie pop (quebradizas emociones sostenidas por sonidos lujosos), no desmerece: en este instrumental, la soleada sombra de Bacharach aparece en los arreglos. Su autor es un músico de Liverpool que al parecer sufrió durante ocho años ataques de pánico que lo llevaron a recluirse cada vez más en casa. Si este disco sirve como terapia y como respuesta al problema, no es mala cosa para salir y dárselo al mundo.
18. Louise Le May: The only fish II (Tell Me One Thing That Is New, 2009):
El habitual plantel de fieles de Louis Philippe aceptamos con los brazos abiertos la recomendación de esta nueva artista, descubierta en una emisora, y cuyas composiciones fueron enviadas a nuestro elegante crooner francoinglés, quien fue “lo suficientemente hombre” como para afrontarlas ilusionado, arreglándolas y produciéndolas en un proyecto que ofrece finalmente un disco de siete canciones, con dos versiones instrumentales tan deliciosas como las cantadas por esta chica para quien la melodía es lo más supremo. Un disco que ha ido creciendo poco a poco en mi raquítica discoteca de novedades, y un instrumental que destella en este recopilatorio, con el piano de Daniel Manners, habitual colaborador de Nuestro Hombre.
19. Felt: “Ferdinand” (Ballad Of The Band 12”, 1986):
De los varios ropajes de Felt, el de los instrumentales favorece el intento de leyenda sobre la banda; ahí está su álbum Let The Snakes Crinkle Their Heads To Death, más aprovechable para mí que Train Above The City o la cara B del sensacional The Pictorial Jackson Review. “Ferdinand” se escondía en un 12”, pero aquí lo acabo cazando.
20. Piero Umiliani: “La fidanzatina” (1975/ The Touch Of Piero Umiliani, 2008):
Y por el final, casi como al principio: más instrumentales cinemáticos, tan aprovechables para los Twilight como este bello ejercicio seleccionado entre los treinta cortes correspondientes a diez películas incluidos en el recopilatorio de Bella Casa / Cherry Red.
21. The Lilac Time: “Spin a cavalu” (The Days Of The Week 12”, 1989):
Otra de esas bandas con amor por los instrumentales, siempore tan sugerentes, y de los que se nutren ya varios volúmenes de esta serie. De la época de Paradise Circus, cuando Stephen Duffy y lo suyos parecían –visualmente- un grupo de éxito.
22. Vigil: “Yasuhiro Ozu” (Exquisita Decadencia, 2001):
El remate cinemático lo pone el gran Pedro Vigil (como el de Malcolm Scarpa, Ibon Errazkin o Miguel Ángel Villanueva, nombres y hombres venerados que forman una gran escena patria, ineludible para conformar cualquier Twilight, nutriéndose de ellos). Y nada menos que con un homenaje al gran Ozu: ver sus películas es darse una purga espiritual, también a través de la estética (sus planos estáticos de rincones exteriores); una delicia necesaria de la que, por falta del tiempo necesario para hacer un hueco lo suficientemente profundo, no suelo disfrutar muy a menudo.
Volumen nueve
(Oria-Rambla de Oria-El Margen-Doña Juana-Yegua Baja-Yegua Alta-La Cumbre-A 399-Oria: 42 kms, 2h 50’)
La primera ruta del año traía alguna antigua cuestión pendiente: la respuesta de la rodilla derecha. No ha sido muy larga (40 kms), pero estoy contento de que no hayan vuelto las molestias.
Mucha incomodidad en la primera parte, hasta El Margen, por culpa del frío y sobre todo del sillín, mal ajustado, así que allí paro para solucionarlo.
Decido tirar por asfalto, visitando las cortijadas de Doña Juana, Yegua Baja...
... y Alta,
y seguir por el llamado cordel de Las Cumbres, camino que creo separa los términos de Oria y Chirivel, y territorio muy de invierno para mí. Luego, por la A-399, hasta casa.
(un clásico en el camino)
A la altura de la cuesta de Las Cruces probé la rodilla poniéndome de pie y tirando unos cien metros, que tampoco quiero pasarme. Así que aún con miedo, pero de momento la prueba ha salido bien.
Eso sí: cómo noto en el culo la falta de costumbre. Ojalá vuelvan los viejos buenos tiempos. De momento, al inicio del nuevo año, los espero más animado.
(9 km 300 m: 42' 20")
Me apunté a la San Silvestre de Almería del día veintisiete de diciembre. Ese mismo día los famosos Cantajuegos venían a Almería, y nos hacía ilusión que María fuera al primer concierto de su vida. Ambos eventos se celebraban a la misma hora, así que le propuse a Isa que ella fuera a la San Silvestre y yo, con María, al Cantajuegos:
-“¡Pero hombre! ¿No será más lógico que tú vayas a correr mientras yo voy con María al concierto?!”.
Le dije que bueno.
Semanas sin salir. Venía de pasar unos días terribles de tos, y con la sensación de congestión y malestar general. A punto estuve de no correr, pero en fin, me tomé una aspirina para acercarme a recoger al menos la bolsa del corredor, en la Escuela de Artes (exposición fotográfica de 90 años de Atletismo en Almería que a ver si puedo y me escapo y la veo antes de que la quiten). Y allí, rodeado de gente sana y dispuesta, me animé a participar, que ya está bien de hacer el tonto. Me gustó la camiseta, sin mucha publicidad y con ese escudo que le da un aire clásico.
Y bueno, estuvo bien: llego y me encuentro a la gente calentando por el Paseo, bajo las luces de Navidad. Hay su público y participantes disfrazados, lo típico: que si el legionario romano; el demonio; el travolta; un grupo de gambrinus (no me gusta la Cruzcampo, pero bueno); dos chicas vestidas de novia (un ideal: la novia que se escapa de su boda para correr, ¡a eso le llamo yo tener un último cambio!); papanoeles por aquí y por allá…
La carrera: básicamente Paseo abajo y Rambla arriba x 3. Primera vuelta de reconocimiento, saliendo de los últimos; en la segunda aprieto por la Rambla, sin estar seguro de si son dos o tres vueltas; ojalá sean dos porque no voy fino, así que mejor si se acaba ya. Parece mentira para una prueba que no llega ni a los diez kilómetros, pero verás tú como van a ser tres. Llevo al lado a Robin Hood, y me quedo con las ganas de mostrarle unas cuantas sucursales bancarias, para que haga bien su trabajo.
Así pues, la tercera vuelta es para hacerla lo mejor que pueda, señal de lo desentrenadísimo que estoy. Ahora paso al lado de una hormiga de no sé qué programa de no sé qué cadena; los niños la reconocen y el tipo va tan tranquilo, repartiendo holas cariñosos como si nada, mientras yo tiro forzadísimo.
En fin, últimos tramos: aparecen esos penosísimos jadeos que son señal de falta de satisfactoria preparación en mi vida deportiva y en mi vida… sí, también en esa.
Hala, termino con el clásico esprint final por el que debería ser mundialmente famoso. Casi vomito, menuda mierdecilla.
Me he dado un buen calentón. Me cuesta hasta quitarme el chip de los cordones. Pero me alegro, no me ha sentado mal ni he notado el resfriado. Ni la rodilla, así que al menos podré afrontar con la infraestructura básica garantizada la Media de Lorca, que espero sea la próxima. Habrá que salir ya sin miedo algunos días antes. Lo necesito.
Por cierto: María se lo pasó bomba.
Nada, muy poco: un paseo rambla arriba, con la certeza de saber que, de incorporarme y dar fuertes pedaladas, volverían las molestias.
Sigo un tiempo más en el dique seco. No voy a la Media de Granada, ni a la edición del Brujo de Vélez Blanco de este año. ¿Podré volver a salir con normalidad? ¿Tirarme unas buenas horas toda una mañana y acabar sin molestias, solo con el bendito cansancio del esfuerzo físico, del rendimiento placentero? No sabe uno lo que tiene hasta que lo pierde.
Y MIENTRAS, EN EL ZURRÓN…
“MUBAC”. ¿Mubac? Ese título tenía la carpeta, hasta que caí en que se trataba de Metti Una Bossa A Cena, recopilatorio de Schema Records que tira de instrumentales de mayoría (ahí está Alfonso Sansisteban) italiana, sacados de películas de los sesenta y setenta, y seleccionados por Gerardo Frisina, uno de los punteros del jazz lounge modernillo y tal, cuyos discos no acabo yo de tomarles el aire: grave fallo mío, seguro. Que se apunte ahora un tanto porque, ¡oíga, que buen rendimiento me ha dado este volumen! Empezando por el primer corte, “Amore finiti”, sensacional, de G. Gazzani.
No podía faltar el maestro Ennio Morricone, genial con la versión vocal de “Hurry to me (Metti una será a cena)”, aunque aún es más genial el instrumental contenido en el estupendísimo triple suyo Mondo Morricone.
Junto a él, otro artista que sobresale: Piero Piccioni, del que creo que no tengo nada, y que toca la misma fibra que Morricone en canciones como “Capriccio”. Otra favorita es “Misgiving”, de The Black Fire, que redondea un volumen que ha conseguido sobrevivir a la criba necesaria ante el desborde de tantas carpetas de emepetrés por investigar.
Ah, y parece que hay un segundo volumen. Pronto, además, espero que el sello Schema sea noticia por aquí.
¡Bueenooo!...
Sí, me encantan, tengo debilidad por ellas, y no puedo ni quiero remediarlo: ¡las portadas importan! Y mucho.
A la ética por la estética; al contenido por el continente: en el amor por los discos, la parte de fetichismo cumple su labor en la veneración del objeto amado. La cuidadosa presentación de un disco, volcando en su envoltorio las ideas, motivos y motivaciones que sostienen su existencia, debería ser siempre un objetivo a cumplir. Alex Steinweiss fue el que históricamente dio el primer paso adelante: creía que la portada debía reflejar el espíritu de la música que presentaba; es la idea de la función de representatividad que el diseño ejerce en relación con el contenido musical: interpretar el contenido de un producto y transmitirlo con un lenguaje visual.
A mí me sirve lo que Aristóteles pensaba del asunto: que la existencia de los discos (disco más envoltorio) supone la realización de su esencia musical. Y que la esencia es tanto “ser” como “forma”… en discos de vinilo de 12, 10, 7 y aún otras medidas menos usuales en pulgadas. El formato importa.
Un disco merece la pena sólo por su contenido, “a pelo”, o a pesar de una fea portada; también merece la pena sólo por el envoltorio, como objeto de diseño gráfico a admirar. Lo mejor es cuando la portada tira del contenido, alimenta nuestras expectativas y conduce nuestro juicio hacia un terreno más favorable.
Tengo en especial consideración estas dos portadas. Tratándose de dioses, la elección implica el intento del creyente por ponerle forma a un ser superior. Me gusta verlos así, y entiendo que rendirse a su contenido musical conlleva el riesgo colateral de empeñarse en intentar ser mejor persona:
Ésta del gran Curtis Mayfield también tiene un lugar especial en mi corazón:
Y ésta de aquel inspirado proyecto que fue el Club de la Esquina, con Milton Nascimento y Lô Borges al frente, también consigue transmitir con la portada la magia sin depurar de aquel encuentro de músicos llenos de fértiles ideas:
Mis limitaciones económicas nunca me permitieron comprar discos sólo por la portada, de modo que casi siempre he ido a tiro más o menos fijo; pero podría dar ejemplos de algunos discos que por culpa de sus portadas especialmente sugerentes me exigen el esfuerzo de una mayor apreciación, y creo que con ello consigo salir al final ganando. Un buen ejemplo son las legendarias portadas del sello Blue Note, con ese look moderno dado por el diseñador Reid Miles y las fotos de Francis Wolf.
El también legendario trabajo de Peter Saville para Factory consiguió en mi caso enriquecer la propuesta de aquel grupo llamado Joy Division:
La ciudada parte gráfica me ayudó a saber apreciar mejor el espíritu de un sello tan personal como Él Records, entendiendo mejor la filosofía de Mike Alway a la hora de montar una discográfica:
Precisamente supone un punto a favor el empeño por mantener una distinción gráfica en la mayoría de los sellos más relevantes: la manera de presentar de inmediato una personalidad, como la elegancia a tres colores de Elenco, gracias al diseñador Cesar Villela, ya vista con Jobim y de la que repesco ahora una composición con varias portadas:
Personalidad transmitida mediante lenguaje visual, y en el caso de muchos pequeños sellos, mostrando incluso toda una política de actuación. De aquellos años ochenta de explosión independiente, destacaría el gusto cincuentero de The Terrible Hildas (The Chesterfields tenían que ver con esto, ¿no?) para The Subway Organization...
... o (era inevitable) el uso creativo de la galleta interior que hizo Sarah Records: un rincón del disco para mostrar rincones de Bristol, su ciudad: meterse en ellos al observarlos y tener ganas de quedarse ahí es todo uno. Repesco ésta misma de un single de Heavenly que aparece seleccionado en la página de la nadadora.
Mención especial para aquellos artistas que cuidaron al apartado gráfico de sus referencias, manteniéndolo como seña de identidad. Un recuerdo para Morrissey y sus Smiths, de cuya serie de singles quizás me quede con esta imagen de la película Orfeo, de Jean Cocteau:
Saint Etienne es otro de esos grupos preocupados por la imagen. Y es que el señor Stanley es mucho señor Stanley…
Uno nunca olvidará los primeros tiempos en los que, siendo un inocentón sin experiencia, decidió acercarse al precipicio de una afición y mirar con avidez. La portada de Murmur agrandaba (hasta hacerlo casi oloroso) el misterio de aquel grupo sureño al que uno dio su alma, y que recogería años después cuando consideró que ya había pasado el tiempo de préstamo:
Otra portada que terminó como seña de aquellos años de la educación sentimental. La de George Best, claro que sí, con esa desmañada elegancia muy del gusto adolescente:
Ésta de los favoritísimos XTC ilustra bien la brillantez pop clasicista de un grupo tan británico como ellos. Nonsuch es mi álbum preferido suyo:
Y otra aún más clásica: me lo compré como merecidísimo must have que era, es y será (ahora ya no soy tan obediente), y me encontré con una foto cruda de la banda en la que las venas marcadas en las manos de Tom Verlaine y Richard Lloyd ilustraban perfectamente la explosión de sus guitarras entrecosidas:
Lo fácil al principio es tirar de arte para asegurarse una portada resultona...
...o de imágenes de postal:
Pero entre mis motivos predilectos está el gusto por representar la fuerza musical a través de los instrumentos…


… Y como mi favorito es la guitarra Rickenbacker, siempre me atraerá la decisión de que aparezca como motivo de portada, con o sin intérprete. Así, una de mis predilectas es la portada que se sacaron los hermanos Mendoza, como excelente declaración de intenciones sonoras en su proyecto The Spring Collection:
También soy muy de estilo retro/lounge. El primero de Vigil me gana por su forma y por su fondo:
Y es que si hay un sello que cuide sus referencias y prosiga con una especie de tradición a la que ya he apuntado con algunos de los nombres dejados más arriba, ese es Siesta Records...

...recaudador además de buena parte del trabajo de un ilustrador de especial buen gusto y habilidad: el gran Javier Aramburu.
Del clásico uso del blanco y negro selecciono una portada poco conocida ;-)
Sí, creó escuela y presenta creo que muy bien la personalidad, la fuerza (esa hidra de cuatro cabezas, como creo que a veces Mike Jagger se refería a ellos) de una banda resueltamente encaminada a dejar su sello en la historia de la música popular.
Se trata de la misma fuerza y resolución que mostraba el álbum de los Young Marble Giants: ahí están ellos, demostrando la más rompedora actitud punk con su oferta de pop minimalista, cuyo supuesto bajo perfil esconde una transguesora explosión musical.
Y en fin, que me gustaría tener algún 10” con la portada firmada por Jim Flora, aquel ilustrador contratado por Columbia una vez que vieron que la idea de Steinweiss vendía bien; así que durante la década de los cuarenta, ya con el nuevo formato de 12” para lucirse más, comenzaron a salir esas portadas de colores muy vivos, a menudo con caricaturas de los músicos; su trabajo siguió en los cincuenta, cuando fichó por RCA.
A poco que uno se adentre en esto del diseño gráfico, descubre nombres como el del diseñador suizo Max Huber, que trabajó en los cincuenta y sesenta en Italia sobre todo, y a quien al parecer le interesaba mucho el jazz. hay por ahí un libro sobre él que seguro debe de resultar bien interesante.
Hace poco me encuentré con un artículo de Kiko Amat sobre el británico Barney Bubles, responsable de muchas referencias del sello Stiff, Utility, de los discos de Elvis Costello... No es para mí un súper súper, pero merece la atención, desde luego:
Y nada, que de un tiempo a esta parte lo que más me ha escandilado ha sido la serie que se ha marcado Ricky-Tick Records con las referencias de los magníficos The Five Corners Quintet. Ya han creado escuela tributaria:
No me voy a resistir escoger un portadón de estos últimos años:
Y un par de perlas descubiertas en esta página de amantes de las portadas… Ah, sí, son las que encabezaban esta entrada; bueno, pues un par más de ejemplos encontrados ahí:
Bueno, pues este desordenado repaso a salto de mata de poca memoria –uno es entusiasta, no experto- viene con motivo del libro Jazz Covers, editado por Taschen, y que puede que pase por el regalillo que me he hecho para estas navidades. Lo tenía apuntado en la agenda desde que vi su breve reseña en Enlace Funk, recomendado encarecidamente por Miguel A. Sutil. Como yo tengo muy en cuenta las recomendaciones de la gente de ese magnífico funkzine/revista, le hice caso, y de nuevo me alegro porque el libro lo merece: despliegue gráfico marca Taschen e información acerca de discos y sus portadas, junto con entrevistas a grandes “hacedores” como Creed Taylor o Rudy Van Gelder (verdaderos nombres-marca en sí mismos) y listas de álbumes favoritos de gente (sí, aparece Gilles Peterson) que menea la escena por esos sitios –cosmopolitas- de dios.
Queda como referencia para los amantes de la belleza gráfica de los discos, y junto a Classique, (otro gigante en belleza visual) conforma ya una sólida base en mi biblioteca, ampliando esos dos volúmenes de Blue Note que resultan algo escuálidos por fallarle la inclusión de datos.
¡Ah, los cuentos de terror! No tiene porqué ser en una tarde de otoño/invierno, cómodamente instalado en casa, al amor de una buena lumbre, y acariciando suavemente al perro, plácidamente amorrodado a nuestro lado... pero la imagen ayuda, ya lo creo que sí, a dejarse llevar por el tópico para disfrutar, una vez más, de un relato que nos ofrezca su buena dosis de estremecimiento. Y en esto del placer de sentir miedo tengo un nombre fijo como favorito, desde que lo descubriera ya no sé en qué antología: se trata, por supuestísimo, del gran (más todavía) M. R. James.
"El erudito Montague Rhodes James (Goodnestone 1862-Eton 1936), preboste del Eton College, arqueólogo de renombre y reconocida autoridad en manuscritos medievales e historia de las catedrales"... Cuántas veces habrá aparecido esta frase en cualquier libro que contenga alguno de sus legendarios 31 relatos, pero es que esas palabras para mí también ya legendarias traen el ambientecillo típico de tradición, antigüedad, cultura y costumbrismo rural inglés en el que se desarrollan sus historias. Y cuántas veces habré leído lo de "Dotado de una fuerza casi diabólica para invocar suavemente el horror, partiendo del centro mismo de la prosaica vida diaria, M. R. James representa la figura del erudito victoriano que se divertía escribiendo ghost stories, lejos del mundo tormentoso y alucinado que caracterizó a tantos escritores de cuentos de terror"... pero es que esta presentación me sigue valiendo para recomendar este escritor a cualquiera mínimamente interesado, porque aseguro que ofrece todo, todo lo que uno puede llegar a imaginar que esconde un buen relato de terror.
Este señor revolucionó el género por atreverse a ir a contramano: en vez de tirar de fantasía, sangre y demás fuegos de artificio, M.R. James situó lo extraordinario en la más plácida cotidianidad. Si es que ya lo dijo en su momento: "Un cuento de fantasmas debe transcurrir en un marco familiar y contemporáneo que lo acerque a la esfera de experiencias del lector. Además, los fenómenos espectrales deben ser malignos más que benignos, dado que el miedo es la principal emoción a suscitar. Y por último, debe evitarse cuidadosamente la jerga del "ocultismo" o seudo ciencia, para no sofocar la ilusión de verosimilitud en una pedantería inconvincente."
Que nadie espere fantasmones por aquí: el espectro tormentoso jamesiano típico es el de una especie de alimaña pequeña, peluda, a medio camino entre la bestia y el hombre, a la que se llega a tocar antes que a ver. Y con eso y mucho tacto, a base de cierto espíritu malicioso que no duda en echar mano de escenas incluso humorísticas, nuestro hombre va desarrollando la historia, sugiriendo detalles que pasan -cuidado- algo inadvertidos, contribuyendo a aumentar el efecto global final que es de aúpa. Deliciosa tortura china. Canela fina, señores.
¿He hablado ya de la editorial Valdemar? Referencia absoluta cuando se trata de literatura fantástica, tiene editados los relatos de M. R. James agrupados en tres volúmenes (como salieron originalmente) o en uno sólo, titulado Corazones Perdidos y que es del que me sirvo, con cuentagotas, (uno a uno, bien degustados) en alguna de esas felices "noches de otoño/invierno, cómodamente instalado en casa, al amor de una buena lumbre, y acariciando suavemente al perro, plácidamente amorrodado a nuestro lado"... Pero, ¡esperen, si yo no tengo perro; si el mío murió hace mucho! *
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(*) Sí, le he robado la ocurrencia a Fernando Savater, quien la presentó ya no sé si en la reseña sobre la antología del género, Felices Pesadillas, editada por Valdemar (seguramente cima de las antologías y santo y seña del sello) o en el propio prefacio de esa obra, firmado por él. Inmejorable, desde luego, para introducirse en los relatos de terror/misterio/fantasía... A la que pongo en el mismo lugar que otra que acabó igualmente como clásica: me refiero a la Antología de Cuentos de Terror,(en tres volúmenes: Alianza de bolsillo) de Rafael Llopis, en la que dejó el detalle de hacer una breve presentación del autor y del relato elegido al comienzo de cada uno de ellos; detalle que me encanta (será la costumbre de esperar datos y comentarios de cada canción, en todo buen recopilatorio), y que veo que también mantuvo Vicente Molina Foix en El Horror Según Lovecraft (su edición de los relatos favoritos de uno de los autores fetiche por culpa de la tradición anglosajona vertiente norteamericana: mucho bombo y mucho eco por todos lados; como lo de la sempiterna Ciudadano Kane como mejor película...), que es el volumen que ahora estoy racionando. ¿Cuál será el próximo?
Si ya lo decía mi buen amigo Iñaki Orbezua, cuyas recomendaciones siempre hay que tomar muy en cuenta, a no ser que no se tenga ganas de moverse para hacer más amplia y profunda una afición (¡más satisfacciones!); si Iñaki nombraba a The Chamber Strings era por algo, y este otoño ha sido por fin cuando he descubierto esos dos discazos que son Gospel Morning y Month Of Sundays.
Sobre todo Month Of Sundays: “Last lovers” captó mi atención con esos tuturutús tan identificativos de poder melódico. Además trae dos instrumentales, gloriosos, cuyas primeras notas ya revelan la marca de la casa: un sonido asentado en el piano que empuja y la guitarra que corta y cose; elegantemente ampuloso, sobrio y cálido a la vez. “Beautiful you” es ese tipo de soul instrumental, y entonces ya me doy cuenta de que The Chamber Strings caen del lado de las propuestas clásicas que apuestan a lo seguro, con personalidad, para no terminar siendo un nombre más.
El soul de la gran Laura Nyro revive en “The fool sings without any songs” con toda su delicadeza; “It’s no wonder” lleva el toque de Todd Rundgren y además, junto con la citada “Last Lovers”, me recuerdan el acertado milagro que se sacó Todd Fletcher bajo el raro nombre de June & The Exits Wounds (ahora me entero de que el propio Todd participó en Gospel Morning); “Our dead friends” es otra de las que no se olvidan, y reconozco en ella el toque de Robyn Hitchcock y la templanza de los Go Betweens… Cosas mías, porque de lo del glam y la pinta del artífice de todo eso, Kevin Junior, paso; lo de su particular travesía personal (drogas… todo eso) para renacer ahora -parece que puede que prosiga la carrera de The Chamber Strings- demuestra, o yo lo entiendo así, que un santo no lo es por su inmaculada perfección, sino por su capacidad para volver a levantarse tras caerse.
Kevin Junior no necesita mis ánimos porque parece que regresa fuerte (hay recopilatorio de material complementario en Hanky Panky, toma ahí), pero yo le estoy muy agradecido por lo que ya hizo en su momento. Esos dos elepés forman un conjunto de peso, sobresaliendo en estos últimos años: ya necesitaba yo un discazo así para marcar la temporada otoñal. Apúntate otra, amigo Iñaki.
(Oria-rambla El Plan-ctjo. Malagón-Venta Quemada-Las Vertientes-El Contador-Aspilla-Al-399-Oria: 53 kms, 3h 27')
Es un hecho que planea sobre mi inmediato horizonte y debo afrontarlo: tengo molestias en la rodilla derecha, unos pinchazos que aparecen en cuanto me pongo a pedalear de pie. Por eso no quise forzar en la última salida: sabía que en cuanto me levantara e hiciera fuerza, aparecería el dolor en la parte externa de la rodilla, por la rótula. Tema de tendón inflamado, seguramente. No sabe uno lo que tiene hasta que lo pierde. Ya lo creo.
De momento no me afecta para correr, pero es cuestión de poner a prueba mis temores con una prueba como la esperada Media de Granada, pero no sé qué pasa con Cajamar que no puedo cargar el importe on line. Mira que si me la pierdo…
Considerando pues estas circunstancias, la salida del sábado no fue precisamente para recordar. De ida hasta venta Quemada, echando por el ctjo. Malagón, y de vuelta por Las Vertientes y Contador.
(Venta Quemada)
(camino a Las Vertientes)
Gracias, José Luis: detalles como éstos son los que realimentan una afición para nada insana, porque esta es la prueba. Compartir por gusto, por un proyecto en común.
Y precisamente este tipo de detalles honran al protagonista, Stephen Burns, quien amablemente pone a disposición su material, "emperrado en su loable costumbre de componer canciones y grabar discos que no le van a dar dinero y que vamos a escuchar cuatro gatos" .
Interesante carrera ya la de los Scruffs (y uno que pensaba que eran nombre de un solo disco…), magníficamente reseñada por mi amable compañero. El recopilatorio dio bastante juego en su momento. Habrá que añadirle algo más.
Gracias, compañero.
Una recomendación que llega desde el noveno arte… ¿Cómo empezar a hablar de tebeos y no referirse a Tintin? Pero para mostrar las credenciales de defensor de la clásica línea clara, me sirve igualmente (ya lo creo que sirve) la recomendación de Spirou.
Ejemplo de personaje manoseado por muchos, fue sin duda bajo los lápices del gran Franquin cuando adquirió categoría de clásico inmortal; inmortal para todo aquel al que le llegue su capacidad de fabulación: aquella capacidad para ofrecer un mundo rico en detalles en el que refugiarnos y del que salir a duras penas. ¡Y todavía hay alguno por ahí que dice que esto de los tebeos no es arte!...
Mientras clásicos como el mismísimo Tintin sufren el férreo control ordenado por los dueños de los derechos (una manera de preservar el legado), otros se prestan a ser revisados y revividos por manos diferentes a las de sus creadores originales, caso de Blake Y Mortimer o el que hoy nos ocupa. Como cabía esperar, los resultados no siempre satisfacen a todos.
El caso es que Spirou vuelve a ser noticia estas semanas con la edición en castellano de Diario De Un Ingenuo, de Émile Bravo. Y quiero decirlo ya de una vez: ¡qué grande es este autor!
¿Cabe mejor homenaje que seguir agrandando un legado, haciéndose merecedor de la misma veneración que uno utilizó para rendir un agradecido tributo? Buscad y lo comprobaréis: Diario De Un Ingenuo es uno de los acontecimientos editoriales del año.
Yo conocía a Emile Bravo gracias a su estupenda obra Mamá Está En América, inolvidable desde el momento en que uno cae en la cuenta de la emoción contenida y la elegante nostalgia que presenta la historia, y un estilo de dibujar no hace sino subrayarlo. Desde entonces trato de seguir su carrera, de momento escasa, muy escasa -al parecer acorde con su discreción personal-, así que cuando supe del proyecto de hacer una nueva aventura de Spirou las expectativas crecieron y crecieron. No ha habido una edición que haya esperado con más ganas que ésta.
Y ahora, viendo los resultados, esas expectativas han quedado más que satisfechas. Más de una tarde me acerqué a la Picasso con la esperanza de ver (allí abajo, en la razonable -teniendo en cuenta de encontrarse donde se encuentra- sección de cómics) la historieta disponible, pero nanay, así que por correo.
Émile Bravo se imagina la primera juventud de Spirou, cuando aún era botones, y nos presenta el momento -emocionante para los seguidores de este personaje- en que Spirou y Fantasio (su compañero de aquellas aventuras clásicas) se conocen. Y es que alguien capaz de ocurrírsele este tipo de detalles posee por fuerza una cierta sensibilidad. Emile Bravo demuestra, una vez más, poseer bastante, bastante de eso, siendo capaz de volcarla sobre el papel con la técnica adecuada; con un trazo en el dibujo quizás más deudor de Chaland o Jijé, y que pasa por ser un guiño más de homenaje en una obra "llena de guiños y reflexiones para el lector adulto que se acerca a su mito juvenil". Como la comparación con Tintin, o el epílogo con ese guiño a las Ideas Negras de Franquin. Y por encima de todo, la sensibilidad de este autor para subrayar las incómodas emociones que asaltan a un joven irremediablemente abocado a hacerse mayor.
Adultos y menos adultos, jóvenes de espíritu todos, acérquense a esta obra y autor si todavía no lo hicieron, que ya se sabe que quien duerme con ojos de niño amanece con el espíritu regenerado.
(Magnífica reseña en el magnífico blog del gran Álvaro Pons, una magnífica manera de mantenerse al tanto de las noticias del mundo de los tebeos. Bendita afición.)
By request, que dirían en Verve. En realidad, gracias al interés de Jesús.
Wilsonesque II
Y, ya puesto, recupero también el primer volumen, hala.
“Rainy Dues” de Marc Jonson (el gran Mark Johnson),”Caroline” de Spers… Descubiertas gracias, una vez más, a Islas de Robinson, el necesario –más todavía- tiempo para las canciones que sigo a trozos por las mañanas mientras desayuno, a eso de las siete, frente al ordenador. El querido Luis dB es el responsable de que siga existiendo, válgame dios, la magia de la radio: ¿hay mejor regalo para el oyente de este país que disfrutar de la posibilidad de dedicarle un programa a John Southworth en el que éste, ya guitarra en mano ya teléfono (y la amable colaboración del vecino que colgaba un cuadro al otro lado de la pared) nos ofrece unas interpretaciones a través del hilo? De aúpa. Y es verdad, el sonido telefóno no hacía sino prolongar la misteriosamente mágica atmósfera de nuestro artista preferido. Porque, razón tienes, querido Luis dB: “Este artista no da puntada en falso”, y aunque su nuevo álbum no ha levantado las acostumbradas pasiones, las versiones que se marcó -de por ejemplo “First of May”- sacaron a relucir el poder compositivo que posee, sigue poseyendo, este “nuevo favorito” canadiense-no del todo.
¡Qué sesión la del veinte de octubre! Gracias dB, muchacho. Esto no se paga ni con toneladas de fritá.
El objetivo era tener el segundo elepé de los finlandeses Cats On Fire como se debe: en vinilo (cuándo pueda hincarle la aguja es otra cuestión), y ya de paso, por aquello de amortizar los gastos de envío, me animé a pedir también algunas reediciones en CD de material clásico, si hablamos de pop independiente británico. En este caso la distribuidora elegida fue Unisex mailorder, de Colonia: rápidos y amables correos electrónicos, y un envío perfecto, cuidadosamente envuelto: cartón, plástico acolchado, el clásico envoltorio de papel de periódico (“Kölner Stadt – Anzeiger”, toma ya), fundas de plástico en cada cedé y los detalles del agradecimiento a mano (¡por breve que sea!) en la factura y la inclusión de alguna pegatina y flyers informativos. Bueno, casi casi como en los buenos -viejos- tiempos.
Casi casi. Me animé con la reedición del material de Another Sunny Day y St. Christopher en Sarah al saber de las firmas de las notas interiores: Alistair Fitchett ( y su añorado e-zine de cultura impopular), con su clásico estilo personal, emotivo, y Mateo Guiscafré, mi Mateo “Siesta” al que tanto debo, de cuya paciente amabilidad tanto y tanto me beneficié, en los tiempos en los que una cinta grabada podía significar maná del cielo, un tesoro. Fue Mateo el que me pasó grabados los tres singles de The Ogdens (sigo pronunciando “od-yens”, qué se le va a hacer), banda que había descubierto con “Rachel put your arms around me” gracias, una vez más, al fanzine Stamp!.
El material adicional incluido en los cedés no consuela mi añoranza. Alistair Fitchett lo expone así:
“20 años. ¿Cuánto se cambia en ese tiempo? Mira sobre tus hombros y mantén la vista: ¿Qué fue lo que perdiste? ¿Qué es lo que ganaste? ¿De verdad mereció la pena? De cuando en cuando me pongo estas canciones, no para sentir nostalgia (aunque ésta termina llegando, naturalmente), sino para recordarme cómo se siente...” Y termina señalando lo mejor que puede ofrecer el pop: el poder que posee para hacernos recordar lo mismo, generación tras generación.
No sé quién recordaba ir a casa de la novia y escuchar juntos estas canciones, mientras tomaban el té. Yo lo que siento ahora es extrañeza al ver todas estas canciones juntas en este formato. Todas esas canciones que disfruté como se merecían, en pequeñas dosis de siete pulgadas, o gracias a una cinta salvadora.
Ahora que los puertos USB del ordenador llevan tiempo sin responder, y yo sin poder cargar el reproductor mp3; ahora que me aferro a la escucha de una canción durante un rato, deseando poder volver a disponer de él otro día para volver a escuchar la misma canción, la canción del momento… “Rainy Dues” de Marc Jonson (el gran Mark Johnson),”Caroline” de Spers… Ahora será que se dan otra vez algunas de las condiciones para saber qué es lo que se siente.
Que siga siendo por culpa de la atmósfera mi intención de relacionar a Prefab Sprout con Charles Burki, Javier Marías y Sir Steven Runciman. El aire motero de Steve McQueen me lleva a conectarlo con el diseño de Charles Burki, descubierto gracias a la cubierta de Tu Rostro Mañana, que presenta la ilustración En El Camino, fechada en 1938 y de la que no encuentro nada más, sólo esa espectacular versión en color y la de en blanco y negro de otra edición. Me fascina ese tipo de estilo retro con aire de misterio; más inquietante que el de los sesenta por ser más antiguo, pero en muchas ocasiones más evocador.
Ese mismo poder evocador, misterioso y elegantísimo es el que mantienen las cubiertas de la editorial Reino De Redonda, reproduciendo un diseño de una edición inglesa de principios de siglo y al que le van cambiando los colores. Me parece una demostración de estilo formidable, y si al cuidado por la presentación le añadimos detalles como lo del marcapáginas, ya tenemos a uno de esos sellos editoriales favoritos a los que seguir. El culpable de todo ello es Javier Marías (¿también sería sugerencia suya lo de En El camino?, admirado entonces más como editor que como novelista, ya que aún no me corre prisa leer alguno de sus libros. Puede que me esté perdiendo algo.
Novedad en el catálogo de Reino De Redonda es Las Vísperas Sicilianas, de Sir Steven Runciman, cuyo La Caída De Constantinopla 1453 resultó un inolvidable descubrimiento en la edición, precisamente, de Reino De Redonda.
“En contadas obras de historia pasa uno las páginas como si le quemaran los dedos.” ¿Qué mejor manera de conocer los hechos del pasado? Se trata de la conquista de Constantinopla (antigua Bizancio y moderna Estambul) por los turcos, y el culpable de contárnosla para conseguir atrapar toda nuestra atención es Sir Steven Runciman, historiador inglés (lo de “Sir” le delata, of course) del que se decía que al parecer dominaba el latín a los seis años y el griego a los nueve (!!)… ¿Habrase visto…?
Tras los tres primeros capítulos introductorios, que nos ponen en situación, Steven Runciman da comienzo a la narración de los preparativos y del asedio a la ciudad, y verdaderamente uno lo lee con apasionamiento creciente.
Asistimos al fin de Bizancio, sintiendo con fascinación la misma mezcla de miedo y coraje (el coraje de la desesperación) de aquellos 7.000 defensores contra un ejército de 80.000 turcos. Fue la historia de la resistencia de una ciudad con lugares de leyenda como la torre de Blanquernas o la Kerkoporta; con nombres que retumban en nuestros oídos con la sonoridad a metal enrrobinado de cristiano antiguo: Lucas Notarás, Constantino Paleólogo, el emperador de Trebisonda, el emir de Sínope, y héroes como el valiente genovés Giustiniani. ¡Si hasta el nombre del traductor (Panteleimón Zarín) casa perfectamente!
Resplandor y oscuridad, valentía y cobardía, honor y engaño, tensión: mucha tensión la contenida en la fascinante atmósfera de aquellos momentos, días, meses de esperanza y horror, tan bien traída en este libro del que ahora deseo compartir el fragmento que más ha sacudido la imaginación de este lector agradecido:
Las fuerzas escasean, la ayuda exterior no llega, las esperanzas se desvanecen, y aún aquella gente se agarraba a lo que fuera. “Los hombres recordaban, asimismo, una profecía: la ciudad no caería nunca mientras la luna estuviese en cuarto creciente. Esto había reconfortado a los defensores cuando tuvieron que afrontar los ataques de las semanas anteriores. Pero el veinticuatro de mayo la luna estaría en plenilunio y con el cuarto menguante volvería el peligro. La noche del plenilunio hubo un eclipse y tres horas de oscuridad. Fue con probabilidad al día siguiente cuando todos los ciudadanos se enteraron del desesperanzador mensaje que había traído el bergantín (ninguna flota marítima acudiría en su ayuda) y, tras el eclipse, que había deprimido sus ánimos todavía más, su último recurso era la Madre de Dios. Su más sagrado icono fue llevado a hombros por los fieles a través de las calles de Constantinopla, y todos los que quedaban libres de la defensa de las murallas se unieron a la procesión. Mientras caminaban lenta y solemnemente, el icono se cayó de repente de las andas que lo trasportaban. Cuando los hombres se apresuraron a levantarlo, parecía como si fuera de plomo; solo con grandes esfuerzos pudieron colocarlo de nuevo en su sitio. Luego, mientras la procesión seguía dando vueltas, estalló sobre la ciudad una tempestad”…
¡Qué escena! ¡Qué momentos dignos de la mejor película de miedo y suspense que uno desearía disfrutar! Porque a veces, lo que termina calando en nuestra imaginación es más el ambiente, la sugerencia, los detalles… que la exposición del hecho en sí.
”El mes de mayo tocaba a su fin y en los jardines y setos vivos las rosas florecían. Pero los hombres y mujeres de Bizancio se disponían a afrontar el desenlace que todos sabían que iba a llegar.”
Si estas vísperas sicilianas traen de nuevo parte de ese mágico misterio a través de la narración, y ya el título huele a eso, creo que se va a convertir en nueva adquisición, entre aspirantes como Thomas Hardy o M. P. Shield, otras referencias de la editorial seguramente igual de interesantes. A ver cuándo puede ser.
No es Papá Noel, pero teniendo en cuenta el regalo de sus canciones, no resultaría un mal aspirante. El regreso a la actualidad de Prefab Sprout, con nuevo disco, pareció por un momento algo milagroso. Al final se trata de material grabado por Paddy McAloon en su casa (“En una cocina con acústica desastrosa”), la puesta al día de demos archivadas en 1993; lo que pudo ser la continuación de Jordan: The Comeback, abortada para no avasallar tras aquel álbum doble.
Let’s Change The World With Music trae pues una colección de canciones en las que la música, grabada entonces por Paddy McAloon tirando de estudio casero, ha sido ligeramente limpiada y mezclada por el ingeniero Calum Malcolm, tirando de Pro Tools, y dejando intacta la voz que Paddy tenía entonces, porque ahora nuestro héroe bastante tiene con ir tirando con sus problemas de vista y sobre todo de oído.
Estas fotos muestran una imagen de Paddy McAloon muy diferente de aquellas de los ochenta y noventa: siempre tuvo para mí un aire de mezcla entre McCartney y Harrison, ese tipo de aire que marca de personalidad la fabricación de canciones.
Aire, humedad, niebla. Ahora se me niebla la vista, recordando la portada de Steve McQueen. La moto: Norton, Triumph (“Un inglés en el garaje y un ruso en el plato”, decía el anuncio)… monos y manos ensuciados de grasa; oscuros rincones de un taller, llenos de herramientas, de hierros; ventanucos de madera que dan al campo; tornillos y charcos de gasolina en la puerta de entrada; lugar de reunión, de charlas amistosas en esa gran puerta claveteada, al caer la tarde, rodeados de desguaces, algún tractor que reparar…. Me imaginaba los orígenes musicales de los hermanos Martin y Paddy, dando guitarrazos en el garaje de su padre, allí en Durham, mientras aquí en Oria escuchaba el disco viendo cómo la sombras de la tarde se alargaban, subiendo por las faldas del Fontanar…
¡Vaya revisión en acústico de ese legendario contenido se marcó el gran Paddy McAloon con motivo de la reedición del disco en Legacy (y sello de vigesimoquinto aniversario de Kitchenware)! De verdad que ahora no recuerdo un material extra más admirable que ese, dando el mejor motivo imaginable para tener Steve McQueen en CD, con esas relecturas tan sensacionales del propio autor, entre las que destacaría "Desire As" y "faron Young". Y cuidado que no es un unplugged cualquiera: grabaciones cuidadísimas que llevaron más tiempo que las del disco original.
Eso fue por el tiempo de I Trawl The Megahertz. Ahora regresa a la actualidad, devolviéndole la vida a viejos proyectos acumulados. Y parece que tiene unos cuantos para ir tirando: Blue Unicorn, Total Snow, Neon Opera… Éste que me está ocupando, sin haberlo previsto, el inicio del otoño, va del poder de la música: si no para cambiar el mundo, sí al menos para abrir el lado trascendental de nuestra existencia: “Porque todo lo que tenemos es música/ una maravillosa ambición/ aunque nuestro único arsenal/ sólo es un puñado de do-re-mis…”
La canción escogida para presentar el álbum, “Ride”, me dejó frío: “Poca chicha a la que hincarle el diente”, pensé, pero le di una oportunidad al disco... ¡y cómo me la devolvió! Se lo agradeceré a “Earth: the story so far”, que me recordó lo que Paul Buchanan ofreció muy de cuando en cuando con Blue Nile y su cálido pop a base de fríos sintetizadores y electrónica. Es el prejuicio del que se crió musicalmente bajo la dictadura de las guitarras. El ritmo trotón e impasible que mantiene esa canción me enganchó, y poco a poco descubrí que tras esa aparente crudeza sonora, simple, esquelética (pero siempre con cuidados arreglos) había un pathos que apelaba a las emociones.
Y de verdad que es verdad lo que comenta su culpable: lo que cuenta es la atmósfera, más importante que cualquier otra cosa ¡La atmósfera! Y eso no depende de la tecnología. “Yo soy la audiencia, y si lo que hago me complace, entonces ya pienso en si le puede gustar a alguien más. Siempre he sido así. Creo que este conjunto de canciones poseen una atmósfera; ahora las aprecio, a diferencia de entonces, cuando las hice.”
Y poco a poco se han ido imponiendo, asaltando mi conciencia durante los paseos por la fea Almería, reforzando el placer con cada nueva pedalada por la falda de la sierra de Orce, fines de semana atrás: “Sweet gospel music” o “God watch over you” van saliendo como nuevas favoritas.

No es un dios, es un hombre este Paddy McAloon que deja un trabajo sobre la posibilidad de que la música fuera la voz de la deidad, y le creo. “Básicamente intento hacer lo que puedo, dadas mis circunstancias” Es imposible, evidentemente la vuelta de unos Prefab Sprout al completo, o la versión de Paddy McAloon como estrella o personalidad musical en los medios, con conciertos… Bah, nos queda lo que importa: el artista que retoma lo creado, que necesita seguir sintiéndose útil para vencer las duras condiciones impuestas. “Imagínate lo agradecido, lo encantado que estaría si hubiera sobrevivido a un accidente de avión y me encontrase con un estudio. Mis problemas auditivos son ese accidente, he sobrevivido a ellos: puedo seguir trabajando.”
Con su puñado de dorremís, Paddy McAloon sigue esparciendo la semilla de la dignidad salvadora mediante la música. Continúa, volviéndome a conquistar, la atmósfera tan especial de Prefab Sprout, de esas canciones que sobrevuelan como mariposas y que pican como avispas, como diría Momus refiriéndose a las suyas propias, demasiado etéreas para el gusto rock. Para mí podrían pasar perfectamente como el libreto de un musical en Broadway (él siempre estuvo en la liga de los grandes: Gershwin, Bacharach, Wilson, McCartney…) sobre el mundo mágico de una obra como El Sueño De Una Noche De Verano. La atmósfera... Recuerdo ahora al grupo de jóvenes que salían ensayándola en la película A Vida O Muerte, de los idolatrados también por aquí Powell y Pressburger (¡The Archers! ¿Pudo haber pareja más legendaria en el cine?), con Roger Livesey en moto por la campiña inglesa… Y ahora me sale, claro, la escapa de MQueen en moto del campo nazi.
El otro día escuché “Cruel” y enseguida me vino la emoción de un cancionero seleccionado en una cinta sin “hidden sprouts” porque no es necesario en un material de primera.. Ahora le añado parte de este Let’s Change The World With Music porque lo merece. Es el álbum del momento.
Pude acercarme la tarde del pasado sábado a la Feria del Disco de Almería, montada en el Hotel AC (en la sala de al lado, sonidos fiesteros retumbando, supongo que de bodorrio. ¡Dios de mi vida, el karaoke hispano!),frente al Torreluz. Buena vuelta que di, antes de encontrarlo: no voy a terminar nunca de aprenderme esta ciudad. Será el apego que le tengo… Montada es decir mucho: un par de vendedores con sus cajas de vinilos y compactos.
No esperaba encontrar casi nada, pero di con un 12” de The Five Corners Quintet, cuya discografía sigo desde el deslumbrante descubrimiento en Marcapasos de “Blue Cycles”. Mi interés musical por estos finlandeses, amantes virtuosos del jazz clásico más contemporáneo o al revés (igual da para tan brillante resultado), va parejo al irresistible diseño gráfico de sus discos, que yo, lento de reflejos como siempre, dejé pasar en su momento, cuando podía haberme hecho con ellos, y no ahora que hay que rebuscar, a un precio hinchado. ¡Ay esos vinilos en 10”!... Para mí, inmejorables objetos decorativos.
En fin, que me topé con el 12” Different Corners, así que algo es algo. Aquí queda una de las series de portadas más fascinantes que conozco:
De paso también me llevé un par de chapas, para que luzcan en la mochila de María. Ya va conociendo a los Beatles, esos de la jarra del té de papá. Y la del Pet Sounds me sirve para enlazarla con el cuento El Lobo y Los Siete Cabritillos, que siempre fue de las historias de los hermanos Grimm que quedan más fuertemente impresas: ¡llenarle la panza al lobo de piedras, mientras dormía!...
(10 octubre: Oria-Rambla El Plan-ctjo. El Vínculo-ctjo. Los Alamillos-Aspilla-rambla Chirivel-Sierra Orce-Contador-Vertientes-Venta Quemada-Matián-Saúco-Oria: 81 kms, 4h 45')
Las salidas otoñales se van animando poco a poco: ahora va siendo tiempo de agradecer el frescor matinal y los rayos de sol a partes iguales; el olor a humedad, a madera, a pino (conforme avanza la mañana)... Voy por la rambla del Plan al encuentro de las hojas caídas de los álamos, y recorro de este a oeste la cara sur de la Sierra de Orce, porque esa ruta la tengo ya asociada a días más fríos. No recordaba que se cogía el primera camino a la derecha conforme subes a la vía de servicio -dirección Granada- desde la rotonda que enlaza la carretera de Oria al Chirivel.
Termino el tramo de sierra bajando hasta el puente sobre la autovía que lleva hasta El Contador. Aquí uno de sus rincones:
Luego, la habitual ruta que pasa por Las Vertientes hasta venta Quemada, y que tiene a la altura de Tarifa uno de mis sitios preferidos:
(11 octubre: Oria-Daimuz-Margen-Ctjo. El Cantal-Camino Las Cuerdas en Campillo Chirivel-rambla El Centeno-Las Raederas-Vélez Rubio-Solana del maimón-Los Asensios-rambla Claví- campillo Chirivel-Margen-barranco Quiles-Oria: 93 kms, 5h 54')
Al día siguiente, como había ganas, decido hacer la Solana del Maimón. Todo muy bien, pero fue una paliza. Aquí por el Campo Cisnares, dirección al ctjo El Cantal, habitual entrada al campillo de Chirivel. Hoy eligo algo más de asfalto y busco el desvío de Las Cuerdas, luego bajaré hasta la rambla El Centeno, pararé en la Fuente El Perro (no el la del Gato, jeje) y llegaré hasta vélez Rubio por... ¿Las "Raederas"? No me acuerdo muy bien: una mezcla de roedores con rodadoras... Si algún velezano visitara esta página y me rectificara/aconsejara/recomendara...
Al día siguiente, como había ganas, decido hacer la Solana del Maimón. Todo muy bien, pero fue una paliza. Aquí por el Campo Cisnares Bueno, ya en Vélez Rubio, fotografío la gasolinera porque cierto encanto retro que me atrae. Pienso en uno de mis álbumes favoritos de Spirou: El Super Quick, con una ciudad futurista desde la óptica de 1956: avenidas, hoteles, terrazas para tomar un vermú, el coche de Fantasio… ¡Ah, el gran Franquin!...
Y otra pequeña fijación: el hostal Zúrich, por su nombre: una cierta evocación de los hoteles de postal de vacaciones en los sesenta. Zurich, el interior, la montaña, ahora Tintín y El Asunto Tornasol… Plácidos desvaríos.
Después, tras una breve duda, me envalentono para coger el asfalto hasta el cruce de Vélez Blanco (este tramo se va a hacer notar, y parecía que no) pero desviándome a la izquierda, con la señal a la Cueva de Los Letreros, y luego buscando el sendero señalizado de la Solana del Maimón.
Ya se me hace todo pesado, y la vuelta a casa por la rambla de Claví (interminable, ahora de pie con plato, ahora sentado subiendo piñones, ahora me paro y rebusco algún caramelo salvador) resulta bastante sufrida. Última parada en El Barranco Quiles para tomar agua de la Balsa Nueva y comer dos o tres higos. Yo, que siempre los desprecio porque nunca me apetecen… Higuera salvadora aquella, como tantísimas otras que habrá por esas tierras rudas de este mundo. Las higueras y los olivos, presencia simbólica la suya, abriendo el lado trascendental de los hombres que se sirven de estos árboles.
Comunión con la tierra, llegando tarde a casa.
"Hay una idea un poco equivocada, según creo, acerca del sonido Rickenbacker como el del repiquiteo de las doce cuerdas que en todas nuestras mentes suena cuando alguien dice “Rickenbacker”. No importa que sea de doce o de seis, el timbre Rickenbacker es mágico y único, perfectamente identificable, gracias al sistema de pastillas Rickenbacker que instalan en sus guitarras. Cualquier Rickenbacker, de doce puñeteras cuerdas o de seis, arroja su sonido (ese que tienes en tu mente) en cuanto la conectas a un amplificador; incluso con un potente Marshall anula la personalidad del amplificador para imponer la suya (pocas guitarras hacen esto). En cambio, el repiquiteo de las doce cuerdas es bastante confuso. Cuando me puse a tocar “Never” en el estudio de PacoLoco, por la línea de guitarra que lleva, enseguida todos pensaron en Adolfo Rickenbacker y Paco me propuso tocar la canción con una guitarra de doce cuerdas para conseguir el “sonido Rickenbacker”. Es curioso ¿no? Resulta que toco la canción con una Rickenbacker (mi tiempo y mi esfuerzo me costó conseguirla) y para lograr el sonido Rickenbacker Paco me dice que toque la canción con una guitarra de doce cuerdas, una guitarra harta de vivir que tenía por allí, una Danelectro creo que era. Efectivamente, el sonido de las doce cuerdas era el sonido de las doce cuerdas, sin más, pero nada de sonido Rickenbacker, solo el confuso sonido de doce cuerdas, que por prejuicio se asimila al sonido Rickenbacker, pero que no tiene nada que ver. Al final no la grabé, porque no había forma de afinarla a pesar de los desesperantes dos mil intentos (las condiciones técnicas –puente, clavijero- de una guitarra de doce cuerdas han de ser sublimes para lograr una afinación correcta); menudo coñazo de guitarra, estás más pendiente de que las puñeteras doce cuerdas estén afinadas que de tocar la guitarra propiamente. Tras volver a pasar otro ratito de afinación con una acústica de doce cuerdas, en esta ocasión una Ovation (y mira que son pijas, modernas, técnicamente que te cagas, y caras estas guitarritas… Pues más rato de desesperación afinadora), grabé dos líneas de acústica para darle un toque más Byrds, quedando pues como sonido Rickenbacker, en “Never”, el sonido de la Rickenbacker. Naturalmente.
Dejando el apunte “Never” y volviendo a las confusas doce cuerdas, confusas porque se pueden confundir con una Rickenbacker, que es lo que quiero explicarte, cuando en Barcelona vimos a Robyn Hitchcock & The Venus 3, el amigo Peter Buck llevaba sus Vox AC30 con una Gretsch Country Gentleman de doce cuerdas, cerrabas los ojos y ahí estaba el sonido Rickenbacker de doce cuerdas. Por cierto esa super guitarra (ya me gustaría tener una, casi seguro que también la compraría de seis cuerdas, si no fuera por el dineral que cuesta…) se hizo famosa en los sesenta porque mi más admirado guitarrista, un tal George Harrison, llevó una durante una buena época. Sí, de doce cuerdas.
Concluyendo, no desmerece que una Rickenbacker sea de seis cuerdas, en cuanto al sonido Rickenbacker se refiere, ya que éstas, las de seis, sí, las de seis, dan el puro tono Rickenbacker al instante de forma apabullante, imponiéndose incluso a las propias características del amplificador. Que le pregunten a Peter Buck o a Johnny Marr. Las de doce cuerdas también dan el sonido Rickenbacker porque son Rickenbacker y no porque sean de doce cuerdas, con la particularidad del chorus de las doce cuerdas, pero no es este chorus el que identifica a las Rickenbacker, sino el timbre delgado, pero potente, y mágico de la pastilla del puente. En el disco En Mi Mundo de Pesadilla Electrónica, Chilín de los Dayfriends me dejó su Rickenbacker 360/12 Fireglo (la primera que cayó en mis manos, después he tocado en alguna ocasión 360 de seis cuerdas Jetglo), y me quedé pasmado con el sonido y algo decepcionado por lo engorroso de las doce cuerdas en cuanto a afinación y cambio de las mismas se refiere. Si tuviera mucha guita me compraría una de doce cuerdas, claro (y sí, las mejores guitarras de doce cuerdas son las Rickenbacker), pero como algo específico; en cambio para comprarme una guitarra que va a ser MI guitarra, de uso constante, prefiero las seis cuerdas, que es donde mejor me desenvuelvo. Me decidí por una Rickenbacker porque su sonido está dentro de mi alma desde que tengo uso de razón, o escuchaba aquellos vinilos que ponías en la habitación al levantarte mientras yo remoloneaba con el entresueño, teniendo doce o trece años (añádanse ahora todos esos grandes nombres de grandes grupos que atraviesan nuestras almas desde el pecho hacia la espalda, pero sin orificio de salida porque se quedaron dentro).
Y para que quede claro y volver a repetirme, enchufa una eléctrica de doce cuerdas a un amplificador y te confundirá, pensarás que es una Rickenbacker, pero no señor. Enchufa una Rickenbacker de seis cuerdas a un amplificador y ES una Rickenbacker sin duda alguna, llegando incluso a evocar el sonido de las doce cuerdas."
Perfectamente aclarado, Jacin. Y es que da gusto dejar hablar a los que hacen de su pasión un perfecto desarrollo teórico y sobre todo práctico. A los demás nos queda seguir embobados, mirando agradecidos.
Así pues, tomo el descubrimiento este verano pasado de la canción “Abbey Road” como excusa para presentar un nuevo volumen de Estos No Son Los Beatles… ¿El quinto ya, quizás? Después del doble Estos No Son Los Beatles (Pero Casi) vino Ni Estos Tampoco, Ni Siquiera Estos y luego Ni Aun Estos, un poco a modo de aquella serie Mod Jazz de Kent (Mo’ Mod Jazz, Even Mo’ Mod Jazz, Yet Mo’ Mod Jazz),jeje, así que podríamos llamarlo Ni Todavía Estos… algo así.
En este volumen brilla especialmente la primera etapa (el disco rojo), con agradecidas muestras de uso y buen abuso de la Rickenbacker… Es decir: ¡”The Beatlebackers” al poder!
(1)The Winnerys “It’s up to you” (… And The Winnerys, 2003)
Los ahora añorados Winnerys abren con todo merecimiento. Cuando salió su primer disco, me pilló algo despistado; para el siguiente, ya los estaba esperando con los brazos abiertos y la alfombra tendida. No abundan las venturosas propuestas en este Estado español. Y nunca duran demasiado.
(3) Poppees “Jealousy” (single, 1978)
(4) Pinkees “I’ll be there” (Pinkees, 1982)
(7) The Pleasers “Breaking my heart” (cara B single A Girl I Know, 1978)
Buena época, la del cruce de décadas, inmejorable en ejemplos de Beatles rojos porque estas bandas lo tenían todo: adoración, actitud, maneras, inspiración … y Rickenbackers. De entre ellos, destaco a los Pleasers porque el álbum Thamesbeat, compendio de sus canciones, tiene su miga. “Breaking My Heart” es una favorita.
(2) Marshall Crenshaw “Soldier of love” (Marshall Crenshaw, 1982)
Poco que añadir, aquí. Bueno, recordaré que el gran Marshall Crenshaw llegó a hacer de John Lennon en Beatlemania, aquel musical de Broadway de finales de los setenta (Les Fradkin fue el primer George Harrison, y como Paul McCartney me quedo con, desde luego, David Grahame).
(5) Rockin’ Horse “Biggest gossip in town” (Yes It Is, 1971)
(6) Liverpool Echo “Not not again” (The Liverpool Echo, 1973)
También es acierto seguro tirar de fondo de catálogo y darle más poso a estas recopilaciones juguetonas, porque antes de esa avalancha nuevaolera también hubo buenos ejemplos setenteros. En este caso repesco un par de reediciones de Rev-Ola. Los Rockin’Horse de Jimmy Campbell combinaban la dureza de la realidad social con rítmica esperanza musical, y así mantener la leyenda de su ciudad, Liverpool. La aventura de los Liverpool Echo de Martin Briley (compositor y músico de sesión de amplio currículo) fue la respuesta a la llamada primigenia del power pop: grabar tan rápido e intensamente como sea posible, para así preservar la autenticidad de las emociones.
(8) The Mop Tops “She’s so fine” (Inside, 1995)
(13) Peter & The Penguins “There goes Peter Best” (How To Choose A Sweetheart, 2009)
No es raro ver al contingente escandinavo intercambiándose el personal en sus actuaciones en The Cavern, por ejemplo. Peter & The Penguins (noruegos, como sus colegas The Mop Tops, cuyo último álbum no brilla tanto como aquel Inside del 95) son la última incorporación a una lista de grupos (The Rhinos, The Tangerines) empeñados en escribir “vikingo” con la B maýuscula y dorada del pop.
(9) The Spongetones “She’ll be gone” (Scrambleg Eggs, 2009)
Los cuatro santos de Charlotte, después de todos estos años, están en esa categoría de creyentes merecedores de ser idolatrados. Su penúltimo álbum, Too Clever By Half, volvió a encantarme como lo hicieron cualquiera de los anteriores. Su buen hacer trae en este último, Scrambled Eggs, quizás algo menos de inspiración, pero a ver quién puede dejar una marca de fábrica como “She’ll be gone”. Están en el Panteón.
(10) Sceptre “White revolver” (There’s A Chance, 2006)
Bandas como Sceptre siempre tendrán una oportunidad, por ser el ejemplo de una afición bien llevada. Vuelvo a recuperar su álbum, lleno de “nueva música con el estilo y los sonidos del pop clásico”. “White revolver” podría llamarse igualmente “Rubber for sale”, por ejemplo, si es que jugamos a guiños. Y es que ya vamos metiendo algunos tonos cálidos, sepia, para dar con el punto de madurez definitivo en la carrera de los Fab Four. Recuerdo cuando un compañero de estudios respondió que su álbum favorito era el Rubber Soul, en un tiempo de inexperta juventud en el que caes cegado a la primera por las grandes sentencias: después me daría cuenta de que aquel muchacho me había dado toda una lección de asimilación de buen pop.
(11) Key "Until the day" (bonus álbum Fit Me In, 1978/2007)
El tipo de disco, de discazo, que siempre tendré asociado al gran Françesc Solé, amable surtidor de referencias fundamentales. Tenía pensado incluir "Should you ever meet again", también bonus en la reedición de Rev-Ola, pero no sé qué pasa que en mi copia se corta hacia el final, así que elijo la igualmente magnífica-todo el elepé lo es- "Until the day", que me recuerda a los fenomenales The Direct Hits o -por parecido timbre de voz- a lo que haría después el gran Jose Lanot y sus Potros.
(12) Daniel Saturn “Come on shine” (Lakehill Soccer Association, 2006)
(15) Stephen Lawrenson “Out there” (Every Summer, 2004)
(16) Andrew Vroomans “Abbey Road” (Frecuently Flying Music Chairs, 2009)
(21)Jeremy Morris “Magnet love” (bonus album Alive, 1983/ reedición 2008)
Vamos con más artesanos pop, especialistas en ofrecer productos de sobresalientes acabados, sorprendentes habida cuenta del humilde taller en el que habitualmente trabajan. Tengo debilidad por estos francotiradores de fina puntería parapetados en su casa, haciendo la guerra por su cuenta para seguir agrandando la tradición.
El tercer elepé del sueco Daniel Saturn brilla como colección de canciones pop con suaves pero certeros toques beatle. De las muchas candidatas con estribillos definitivos, elijo el toque festivo de “Come on shine” que suena a tarareo clásico.
Del mismo modo, Every Summer de Stephen Lawrenson terminó como otro de esos discos que poco a poco iba acumulando puntos a favor con cada escucha, hasta terminar casi como un pequeño clásico. Su portada ya me ganó de inicio.
Así pues, el álbum del holandés Andrew Vroomans triunfó durante este pasado verano. Hay varias preferidas, pero “Abbey Road” me encanta especialmente, con el acierto de ese toque de charles que le da un aire de pasacalles muy del gusto McCartney. Su autor comenta que estuvo en aquel legendario sitio de Londres, y al ver la cantidad de turistas que no paraban de echarse fotos atravesando el célebre paso de cebra, se lo pensó un poco antes de caer en el gesto mitómano.
El prolífico Jeremy Morris no para de sacar discos. Es cuestión de estar pendiente cuando le da por dejar muestras de puro pop. Su gusto por pasar a Harrison y Lennon por una batidora lisérgica se nota en canciones como “Magnet love”.
(14)Seth Swirsky “Faraway” (demo)
Seth Swirsky es un grande por compartir habilidad e inspiración con los anteriores, pero también por su posición relevante en el mundillo musical, aunque por aquí esto último no sea relevante, ni mucho menos. Aquí interesa, y de qué manera, su disco en solitario y el impresionante “como si” que se sacó mano a mano con Mike Ruekberg: The Red Button, palabras mayores. Debe de ser algo así como esas personas que saben ser y estar: igual de inspiradas en su trabajo como prácticas al codearse socialmente. Tengo algún compañero de trabajo que es así, al que envidio y que me pone nervioso: será que uno nunca termina de acostumbrarse a convivir con sus muchos puntos flacos. Siempre hay gente que te saca, aun sin quererlo, tus debilidades. Yo creo que a muchos músicos les pasará lo mismo con el gran Seth Swirsky.
(18)The Kavanaghs “It seems that’s I’m not getting things quite right” (The Kavanaghs, 2008)
He aquí todo un “como si” argentino recibido con interés. Se trata de una banda “retro-power-pop” de Rosario que tratan de “ser fieles a la lengua madre del power pop”, con Tiago Galíndez como principal artífice, al ser el compositor y productor de un disco que contiene algunos momentos bastante Beatles, entre los que he seleccionado esta canción por presentar ese tipo de pequeños arreglos que hacen a una canción grande, y con ese final de parón y suspensión final que tan bien le queda: “…Quite right/ Preetty baaby”…
(17)Pugwash “It’s nice to be nice” (Jollity, 2005)
Thomas Walsh tiene todas las papeletas para ser considerado como culpable de que en Irlanda también sean capaces de abrillantar la tradición pop, evitando esa -al parecer- tendencia épica tan suya: ¿cabe mejor prueba que “It’s nice to be nice”, bebiendo de ese encuentro entre McCartney y Wilson, tan delicioso para todos los seguidores, tan del gusto XTC? ¿O que tenga el parabién de Andy Partridge, nada menos? Y sin embargo, sigo repasando su discografía y me sigue cansando un poco lo que ofrece. Algo por aquí, algo por allá, y mucho de cierta condescendencia andypartridgiana con la que hacer tambalear nerviosamente las gloriosas siglas XTC. No sé. Ahora Andy le saca un disco en su sello Ape con canciones escogidas personalmente. A ver.
(19)The Junipers Gordie can’t Swim (Cut Your Key, 2008)
“El sol no suele brillar demasiado en el lugar de donde vienen The Junipers , pero sus cálidos rayos pueden sentirse en todo su disco”... Bonita manera de presentarse. Su descubrimiento (como tantos otros, gracias a las huestes del power pop de las que todos estos recopilatorios se nutren de manera abusiva), bien merece las numerosas decepciones y esperanzas no satisfechas con tanto nombre nuevo que a menudo no consigue levantarme el ánimo cuando pienso en la necesidad de discos morrocotudos y definitivos que marquen estos últimos tiempos. En fin, vamos tirando, que no es poco. Y siempre nos quedará el fondo de catálogo. Cut Your Key ha conseguido eso, que me acuerde de él entre tanta avalancha que pasa sin dejar apenas poso. Éste sí… Y son de Leicester, nada menos: el día en que sufran el tiempo que hace por aquí se les acaba la magia, seguro.
(20)Gary Louris “Black grass” (Vagabonds, 2008)
Otro buen ejercicio de dulce lisergia el que se marca el señor Louris en su disco en solitario.
(22)The Major Labels “Velveteen Queen” (Aquavia, 2008)
Para terminar, fantaseemos con lo que podría haber sido la continuación de la carrera de los Fab Four. Como supongo que las maneras intimistas del McCartney encerrado en un cottage en Escocia es algo personal, está la opción de que Los Cuatro subrayaran el camino de sus protegidos Badfinger, por ejemplo. Y no habría estado nada mal, para gloria del power pop. Aquí los amigos Mike Viola y Bleu (de reconocido savoir faire “as if…”) se marcan un estupendo ejercicio guitarrero lleno de emoción. Les ha quedado bordado, y ahora me pregunto si no habré pasado demasiado rápido por encima de su álbum Aquavia.
Así pues...
Ni Todavía Estos
(Oria-Barranco Quiles-Margen-ctjo. El Cantal-campillo Chirivel-ctjo El Rincón-rambla Claví-barranco Pedrero-rambla Chirivel-Chirivel-ctjo las carrascas-barranco Los Alejandros-Boca de Oria-barranco Quiles-Oria: 63 kms., 3h 43’)
Por fin Otoño: aire limpio de lluvia, terreno compacto al fin, frío matinal, vuelta a los manguitos y los guantes largos, calor a la vuelta… me gusta. Oria y sus aledaños debería ser, siempre, tierra de invierno. Con la llegada del frío, año tras año, vuelvo a sentir la emoción de las primeras salidas de verdad en bici, pues me compré la Conor a comienzos de un diciembre, por lo que llevo muy unido la pasión de los comienzos con el clima fresco.
La posibilidad de hacer la integral de la sierra de Orce termina en un nuevo paseo buscando la rambla Claví para seguir investigando hacia su derecha, por el barranco Los Alejandros, alrededor del cerro de La Monja. Por allí descubro una vereda impresionante, trabajada por los amantes de las dos ruedas; imposible para mi técnica. Realmente tiene tramos en los que no concibo que se puedan pasar sobre una bici.
Caigo a la rambla de Chirivel. Decido volver rambla arriba, regresando por el clásico camino asfaltado (¿vereda de las carrascas?), tomando el barranco de Los Alejandros para bajar hasta la Boca de Oria.
Y MIENTRAS…
Comienzo subiendo la cuesta María y me salta “River City Girl” en el reproductor… ya sé que la primera salida otoñal puede ser especial. ¿Cómo no me pasaré toda la vida tarareando una canción así?

Por eso lamento de verdad lo del último disco de John Southworth, el más grande mago de la canción descubierto en los últimos tiempos. ¿Qué le habrá dado para dejar un álbum así, tirando de fríos teclados, tan epatantemente modernillo? ¿Y las eternas melodías salvadoras? ¿Y los arreglos tan inolvidablemente clásicos?...
Pero no seré yo quien le afee la conducta. Un artista tiene el derecho de hacer girar su legado como desee.
Esperamos su siguiente trabajo con fe inquebrantable. Mientras, seguiré buscando su Rose Milk Appalachia, el que me falta de sus cinco anteriores maravillosos discos.
John Southworth selección

… Y Jacinto se compró una Rickenbacker, nada menos. Preciosa, la 360 en maplego, aunque no sea de 12 cuerdas: “Una doce cuerdas cuesta trabajo de menearla bien, y su sonoridad te limita más el estilo de composición”. No pasa nada, Jacin, porque Ese Sonido está ahí: “la tocas y enseguida te vienen, en oleadas, Los Beatles, Los Byrds…”. Es lo que tiene la leyenda.
Lo mejor de todo, siempre, es que la vena creativa y recreativa no decaiga. Cuando me dijo lo de que estaban grabando Pepe y él en el estudio de Paco Loco, ¡y que habían cenado con Gary Louris y todo!... Toda una sorpresa agradable de sana envidia. Pero es que espera, porque lo que se trajeron de allí en forma de proyecto personal, de momento sin percusión (por mí que siga, que siga), es lo más interesante que ha salido de esta tierra y términos colindantes, lo más personal que nunca un miembro de la familia Martos ofreció al mundo… al menos desde la jardinera que el manitas de mi padre se confeccionó hace unas semanas.
Me pidieron una carta de presentación, con la condición de que me creyera lo que iba a contar. Y me lo creo, me lo creo… Y eso que Sonic Youth no son, precisamente, santo de mi devoción:

Yo Y Mi Paya es el resultado de la feliz costumbre que Jacinto Martos y Pepe Navío tuvieron de pasarse sus propias composiciones a lo largo de todos estos años de amistad, llevada por su amor común por Sonic Youth, la declarada chispa que hizo prender el deseo definitivo por encauzar su pasión musical a su manera, sin miedo a enfrentarse a su plasmación sonora en un estudio.
El elegido fue, nada menos, que el que Paco Loco tiene en el Puerto de Santa María, ideal por puros principios analógicos, con esa maquinaria vintage de referencia, siempre tan inspiradora.
Allí se presentaron una mañana del pasado junio, tras cruzarse Andalucía de este a oeste. Llegar y meterse a grabar fue cuestión de escasa media hora, y escuchando este material uno se sorprende de lo bien que le ha sentado esa rapidez de Paco Loco por grabar desde ya, yendo a saco en cada canción. Algo aceptado perfectamente por ellos porque, precisamente, la propuesta de Yo Y Mi Paya no atiende a metrónomos, no entiende de encorsetadas sesiones de grabación, huyendo del manido manual de usuario del músico.
Y es que hay que estar muy bien aferrado a las posibilidades de tu propia inspiración para ponerla a prueba así, azuzándola de esa manera.
El resultado ofrece una sorprendente mezcla de inmediatez y paciente elaboración. Una tensión electroacústica recorre estas canciones, moldeadas en atmósferas de reverb, o con desnuda emoción acústica (o con ambas, como en “1,2”). “Never” queda como una favorita por su ejercicio a la Rickenbacker, revelador de un amor por la buena época de los REM que ya venía de antiguo. Paco Loco suma los teclados de su Vox y el hallazgo es especialmente bienvenido en “Canción”, con ecos de Yo La Tengo o Midlake, y con una luminosa línea entremedio a modo de estribillo que a uno le gustaría que se repitiera ad infinitum.
Aquella chispa originaria de Sonic Youth aparece prendida aquí y allí con requiebros y tempos esculpidos a sus santas ganas; “Pancreas” es un buen ejemplo de esa chispa, o “Graphite Composite”, en la que Pepe parece transmutarse en todo un Peter Perrett cabalgando tras lo que parecía un instrumental. Y es que Pepe ofrece unos registros vocales con una seguridad admirable (¡qué bien queda “Come To Terms”!). Verdaderamente ambos se muestran tan eficaces a las voces y a las guitarras (“La Casa Del Sí, En Re” me parece una muestra definitiva del potencial emocional que Jacinto es capaz de manejar con su voz y una guitarra) que todo termina por presentarse como un ofrecimiento muy personal y valiente.
Porque hay que ser valiente para trazar una línea de ida y vuelta entre Oria –desde donde Jacinto baja en castellano- y Albox –con Pepe subiendo en inglés-, pasando por Brighton para encontrase allí, trayéndose una propuesta pendiente aún de ser tenida en cuenta como se merece. Porque hasta ahora, aquí en el norte del sureste no se había visto ningún trabajo así, tan lleno de actitud y sincera confianza. Escuchado una y otra vez –y si puede ser, tirando de decibelios-, uno no puede más que alegrase con orgullo de lo que Jacinto y Pepe han venido incubando y de los hallazgos logrados en el estudio, donde la inmediatez espoleó su inspiración en muy pocas sesiones.
Aún les sobró algún que otro día para compartir cena con Paco Loco y un amigo que andaba por allí llamado Gary Louris. Buena manera de acabar esta siembra.
(Con Paco Loco)
Yo Y Mi Paya
Fin del verano, un año más con la sensación de no haberlo aprovechado como esperaba, como debía; quizás un veinticinco por ciento. Unos mil quinientos kms. de bici, solo, y pocas salidas a recordar; seguramente, las inspecciones a la Sierra de Orce ha sido lo más reseñable: se puede hacer una especie de integral de la sierra, mejor subiendo por el puerto de Chirivel y, ya por la izquierda subir buscando el yacimiento de Sílex, para seguir subiendo por la derecha y hacer cumbre por la pista forestal, hacia el cortijo del bosque, y bajando, ya de regreso buscando Venta Quemada.
Me ha dado mucho por saco el roce del disco de freno delantero. Mucho. Me sigue dando por saco. ¡Qué negado puedo llegar a ser con la mecánica!
Y mientras…
El montón de libros y películas pendientes de ser degustados todavía, porque supuestamente iban a caer durante este verano para emplear todo ese tiempo en algo rentable. Dios libre a Chesterton, Hawthorne, Ozu o Guerín de aficionados como yo. No se lo merecen.
Ningún disco espectacular con el que marcar el verano de manera inolvidable, pero en fin, quizás sea el nombre de Andrew Vroomans el que sobresalga con su álbum que contiene, entre otras, esa “Abbey Road” que ha pasado directamente al más selecto grupo de canciones “como si”, porque ya me las pueden dar todas así. Ha conseguido que me decida a preparar otro recopilatorio Estos No Son Los Beatles.
Precisamente lo hago en estos días de campaña de bombardeo con esos productos digitales que tan mal se llevan con la memoria de la leyenda (vale, yo compré más de un elepé suyo en el Hipercor de Granada, sí, pero tal y como vienen los tiempos, aquello ahora me resulta de un romanticismo redentor que recuerdo con añoranza).
Y sí, he doblado en versión digital más de uno de esos discos de cabecera (Forever Changes, What's Going On, Pet Sounds…), pero hacerlo con los de Los Beatles sigue siendo algo más allá de la perversión, maldita sea. He visto fotos de esos artefactos, maldita sea. Mi cumpleaños venidero es un buen día para aceptar regalos, maldita sea. Menos mal que este año también caerá una camisa con su corbata a juego, maldita sea.
Los Trashcan Sinatras, quién lo iba a decir, se han ganado su hueco también, por culpa al principio de un par de canciones de su nuevo álbum: “Prisons” y “People", tarareadas repetidas veces, así que reconozco que cumplen con la labor de una buena canción pop. Nunca fui fan de ellos porque siempre me parecieron un poco sensibleros con la vista puesta en lo mainstream. Y mira que he probado varias veces con "Obscurity Knocks", pero nada, sigue sin parecerme una canción tan memorable, pero justo es que refleje aquí el peso de su último disco, porque lo ha tenido. De ultimas, “Prisons" y "People" ceden su puesto a alguna otra como "Morning Star"; otras como "Easy On The Eye" me recuerdan a bandas como los holandeses Johan, precisamente otro de esos grupos con los que no me siento cómodo. Poseen una sensibilidad forzada, o sin esfuerzo, no sé; es como si un tipo afortunado se quejara, o como conocer a alguien brillante al que no poder poner un pero; un sí pero no, como un quedarse a cierta distancia del centro de la diana. Ahora vuelvo a darle un repaso a su discografía y me va a salir algo así como un miniLP, con algunas canciones más, como "It's A Miracle". Podría ser una selección destinada, en mi imaginación, a que sonara en el coche durante los trayectos al trabajo, acompañado como voy por compañeras de profesión con la "sorprendente" costumbre de tirar de Los Cuarenta en la radio. ¡Dios ya, no me voy a librar en la vida!... ¿Cabe peor tortura china? Quizás los Trashcan Sinatras no molestarían a estas mis queridas treinteañeras de gusto tan… juvenil, tan acorde con la profundidad de la charca en la que nos bañamos todos. Yo sigo sin saber nadar, o por lo menos sin querer aprender de esa manera. Cuestión de aguantar la respiración.
-"¿Qué tal el finde? ¿Quedaste al final con ese chico?"
-"Mira, cuando lo vi que llevaba un polo Lacoste, casi me muero. Menos mal que el domingo ya se puso camiseta Quicksilver y unos tenis Nike y ganó puntos. Pero no le gusta el chocolate: un punto menos."
-"Ja,ja.
-"Pero cocina muy bien, así que diez puntos más, ja, ja, ja."
-"Ja, ja, ja."
(XXVI MARATÓN INTERNACIONAL CIUDAD DE MOTRIL: 1h 45' 10")
Termino la primera prueba de la temporada con, digamos, unos cinco minutos por encima de lo que debería ser mi rendimiento si hubiera aprovechado convenientemente el tiempo de las vacaciones estivales. Mis siempre escasas salidas no suponen un entrenamiento de calidad, precisamente, pero se nota, se nota que llevaba un tiempo sin correr. ¡No puedo pretender hacer una buena carrera sin salir ni una vez durante la semana previa!
Motril casi me mata. Fatal la última parte, interminables los últimos kilómetros, cuando cada metro se multiplicaba por cien. Ya a partir del kilómetro diez supe que iba a ser penoso mantener un ritmo aceptable, simplemente el ritmo que antes del verano parecía que había digerido bien.
Esta vez no hubo grupo salvador sino grupo matador. Toda la carrera se resume en un intento por no alejarme demasiado del grupo de cuatro o cinco que parecía ser el mío. Ya desde el principio ese intento devino en una tortura psicológica que marcó mi carrera. Pasan las pruebas y parece que uno no vaya a aprender en la vida. Si alguien me lo preguntara, seguro que le diría acobardado aquello de "bueno, estoy empezando"... Porca miseria. Pero no sé qué leches quiero, si ni siquiera salí el sábado por la mañana, aunque fuese a soltar las piernas…
Camino de Motril me llevé el mp3, ahora que parece que definitivamente el reproductor del coche no consiente tragarse ni un CD más, para hacer llevadero el viaje de 115 kms. Conseguí del Soulseek un archivo con material japonés sesentero y setentero de tendencia sounshine-jazz-brasil que está dando mucho juego; quien lo haya recopilado tiene muy buen gusto. Del trayecto me quedo con los bloques de pisos pegados a la carretera de la travesía por La Marmolada, que le da cierta personalidad (no sé por qué me recuerda el paso por una población en un valle entre montañas, cuando no tiene absolutamente nada que ver). Llego a Motril, aparco en la rotonda de entrada y me dirijo fácil a por el dorsal.
Salida con retraso; problemas derivados, supongo, de la celebración en paralelo de una prueba del campeonato de España. Por una vez que quiero ponerme cerca de la línea de salida, para reducir los inevitables segundos perdidos al principio, y resulta que nos echan para atrás, dejando hueco para los pros. Allí, como sardinas, escuchando lo de “el roce hace el cariño”, con aroma a Reflex y con la acerteza de que no me va a ir el pulsómetro por las interferencias de todos los que me rodean. Así fue.
“Pensando en reducir segundos en la salida”… ¡narices! Iluso de mí, inocente aficionadillo del tres al cuarto, ¿qué demonios me creeré, cuando no hecho nada para ganarme la mínima buena forma? Hay que trabajarla, hay que sufrir para mejorar, así que basta ya de quejas. Debo saber a qué atenerme.
Solamente que hubo un momento durante la carrera en que miré al suelo y me encontré con un escarabajo por delante que parecía empeñado en echarme un pulso. Y creo que me costó remontarlo y dejarlo atrás.
De nuevo la sensación de ir perdiendo fuelle al final, de verte adelantado por quienes han regulado mejor… ¿También me va a pasar esta chica del culo gordo? Tiro de orgullo en los últimos doscientos metros para terminar esprintando e impedirlo.
Al final, justo a cinco minutos el km; en el límite del descenso a una división inferior. Terminé cansadísimo. Me eché tres cervezas al coleto (sin alcohol, una light y ese engendro de la Shandy) mientras rumiaba mis sensaciones (entiendo a los que ahogan sus penas en alcohol; es patético). Pero mira, salí de allí con la determinación de mejorar como persona, que es el beneficioso efecto que sobre los tristes mortales tiene la contemplación de la belleza… en forma de chica rubia bronceada haciendo estiramientos; y por cierto que se parecía a Lolo Jones (en los mundiales de Berlín por TV esperaba para verla en cada nueva entrevista que hacía para Eurosport). Ahora sé que debo mejorar si quiero volver a encontrarme con ella. Y con el escarabajo.
(41' 50")
Fui a la carrera de Albox, ya que me apetecía volver a probar la distancia de diez kms tras la buena experiencia de la del Puerto de Almería, así que viaje relámpago desde Almería.
Llegué bastante justo de tiempo porque no tenía claro la plaza desde donde se salía. Doy con ella un cuarto de hora antes del inicio de la prueba, y llego con tiempo para aparcar, recoger el dorsal, comerme rápidamente un plátano, echar una meada y trotar unos metros a modo de (penoso) calentamiento.
Todo muy apresurado, por lo que las sensaciones no eran muy buenas. La prueba constaba de tres vueltas a un circuito urbano. Las hice bastante incómodo, no sé si por el plátano o por la comida del mediodía (corrí acompañado por el recuerdo de las sardinas del almuerzo); seguramente por ambas cosas, teniendo en cuenta, además, que no salía desde hacía no sé cuando, viniéndolo a hacer el mismo día de la prueba, por la mañana. Menuda manera de prepararla…
El paso por algunas estrechas calles recordaba a San Fermín, al principio, cuando se corría en pelotón; y cuando el de los buenos se marchó para siempre y por unos momentos me quedé solo, temí lo peor porque llegué a tener la sensación de ir arrastrándome, y con principio de flato.
De haberla hecho solo, me hundo seguro. Pero como casi siempre, llegó el grupo salvador con el ritmo justo para poder seguirlo, forzándome poco a poco. Un par de ellos se me fueron, pero sí pude dejar a alguno atrás, consiguiendo así el empuje extra para terminar con algo de ritmo.
Me temo que es lo de siempre: dar con alguien que lleve un buen ritmo, al que poder seguir y a quien intentar ganar finalmente. Es la manera de forzar para mejorar mi tiempo.
Y así pasó. En la última vuelta, pensando en el tirón final, iba bien de piernas pero regular de estómago, y si hubiera forzado como tenía pensado, habría acabado vomitando en meta. Así que, por aquello de no dar mala imagen, me contuve, sin poder intentar dar caza a los que llevaba delante (no creo que hubiera podido) y siendo batido por el formidable sprint de uno que venía por atrás (tampoco creo que hubiese podido aguantarlo). Sabía yo que, por ser en Albox, algo así me tenía que pasar.
Acabé tres minutos por debajo de la del Puerto. No estuvo mal. No había cerveza, pero sí bocadillo de jamón. Buen detalle lo de los fuegos artificiales para animar la salida. Intentaremos acudir a alguna otra carrera de este circuito provincial.
(Finalmente, me quedé en Oria. Ya puestos, cómo no iba a subir a saludar a la familia y, mira tú por donde, de paso aprovechar la mañana siguiente para una salidilla en bici, antes del regreso a Almería…)

Mi último pedido a Amazon trae un par de discos (el recopilatorio de Chris Montez y, por fin, el segundo volumen de Masterpieces of Modern Soul, con casi tantas masterpieces como el primero) y un libro especial, porque la legendaria serie “This Is…” del legendario ilustrador checo Miroslav Sasek lo es, así que por fin tengo aquí para mi disfrute y, espero, el de María y Jacinto de aquí a poco tiempo, el clásico This Is London”, de 1959, reedición de 2005. No es mala elección para añadir algo del mejor y más clásico arte ilustrador a la biblioteca. ¡Me recuerda tanto los tiempos de la escuela, y aquellos libros de parvulitos y EGB!... Seguiremos rastreando.
Días de reverencia para Bob Stanley, ahora que estoy cayendo en la cantidad de recopilatorios de los que es responsable. Verdaderamente la labor agitadora en lo cultural de Saint Etienne les reserva un espacio en la historia del Pop entendido como simiente fértil: mantenimiento de un club de fans a base de potentes ediciones, películas/documentales producto de una banda pop que entiende ser londinense, animadores de la escena local como pinchadiscos y salas de conciertos… Saint Etienne es una banda pop producto del pop y productora de pop, y Bob Stanley y Pete Wiggs son las cabecitas pensantes que no paran.
Sabía de la labor iniciadora de Bob Stanley con su fanzine/sello CAFF Corporation; conozco y disfruto de la bomba soul y sunshine pop seleccionada para el recopilatorio The Trip: no hacía falta que Bob Stanley presentara las cartas bien claras, porque ya me barruntaba que este tipo sabe y entiende, o sea que sí, que es necesario que siga jugando con su baraja porque uno agradece lo que pone sobre la mesa. Pero ¡ay!, se me ha pasado ese -a todas luces-, fabuloso recopilatorio de pop barroco inglés, Tea & Symphony, editado por Castle y parece que ya descatalogado. Le faltaba un sello propio de reediciones y hace poco que me he enterado, claro que sí, de que existe: Eclipse Records. Desde luego, los de Universal no podían haber hecho nada mejor que darle carta blanca para que meta la mano en su catálogo, cosa que todos celebramos porque ya está sacando cosas básicas de interés y a precio apretado. Como este recopilatorio de Chris Montez, con el que tapo el agujero que tenía en mi discoteca por disponer sólo grabadas en cinta (tampoco es poca cosa, no me quejo) clásicos del pop más elegante –marca A&M- como “Call me”, “Time alter time”, “face I love”… y casi cualquiera de las veintitantas canciones de Call Me. The A&M Years, disco con el que pruebo su sello a ver cómo se las gasta en la cuestión esencial para formato CD de la presentación y libreto: bueno, no es digipack y el libreto es aceptable, con algunas fotos y texto de presentación. Hubiese preferido, como siempre, si no unos comentarios canción a canción, sí un repaso comentado a esos discos del periodo A&M, o la importancia que estas canciones le merece al propio Bob. Pero en fin, no está mal, y el uso del color granate en la presentación a modo de toque fino no desentona con la voz tan sugerente, cálida y elegante, de Chris Montez. Palmadas de acompañamiento a la melodía por doquier y, claro, refrescantes combinados para acompañar el momento de relax.
Verano. Brazos chorreando de sudor, bidones de agua recalentada y siempre escasa, boca reseca… Me gusta. La temporada de primavera ha estado bien porque creo que disfruté del campo. Ahora la gracia está en salir bien temprano, evitando las peligrosas condiciones impuestas a partir de mediodía. Lo normal, empero, es que termine saliendo después de que lo haya hecho el sol, y llegue apurando el achicharramiento a las dos de la tarde, o más.
20 junio: (Oria-Barranco Quiles-Rambla del Plan-Rambla del Muerto-carretera de Cúllar-Oria: 3h 20’, 48 kms.)
La salida del sábado quedó marcada, una vez más, por el molesto viento de poniente, Rambla del Plan arriba. Y para cuando enfilé el camino de vuelta, metiéndome por los Hoyajares a la rambla del Muerto, saliendo a la carretera de Cúllar por encima del km 9, el viento ya había cambiado, por supuesto. Así que, como mandan las leyes férreas, siempre viento en contra.
Me gustó meterme por uno de los varios caminos que a la izquierda salen a la rambla del Plan; en este caso subí hasta el cortijo del Cerro Pelao, con foto a la puerta –tractor aparcado incluido- y saludo a la pareja propietaria. Lo peor fue la playa de la Bermeja: así de movida está la arena de la rambla, con los carrilles totalmente borrados por una continua masa batida a base de hoyos, por el paso del ganado.
21 junio: (Oria-Barranco Quiles-El Margen-El Cantal-campillo Chirivel- rambla Claví- Rambla del Centeno-Rambla Chirivel- Fuente Grande-Puerto del Peral-María-Puerto Chirivel- A-399-Oria: 6h, 92 kms.)
Y el domingo palizón, con el Puerto del Peral y la vuelta por María. Había pensado darle la vuelta al maimón, o quizás caer hasta Vélez Rubio y subir por la rambla del Centeno hasta retomar la del Claví, ahora de regreso; al final quise hacerlo por la cuesta del bancal, nobre del cortijo cuyo indicativo señala el desvío que se toma a la izquierda de la AL-9101, pasados unos 10 kms de María.
Ya sabía que se iba a hacer dura, porque tiene unas cuantas curvas cerradas de un considerable desnivel; encima, el puerto del Peral también deja su rastro. Con todo , lo peor es la parte del cortijo del Bancal y el puerto del Chirivel, porque uno viene ya cascadillo y no le apetece empujar ni un metro más.
Lo peor fueron los últimos 15 kms de carretera, interminables, racionados a base de los últimos sorbos de agua caliente y un caramelo Solano cuando, ya de últimas, la garganta me quemaba.
MIENTRAS, EN EL ZURRÓN…
Otra de segundas oportunidades, aquí. Se trata del nuevo álbum de los finlandeses Cats On Fire, cuya primera escucha llegó, lo mío es increíble, a decepcionarme. Su descubrimiento gracias al tocayo Manuel “hoola” Soleado, con The Province Complains fue eso, todo un descubrimiento que me devolvía la fe en el mundillo Indie, tan dejado de mi mano desde principios de los noventa. Esta banda sabe transmitir un encanto formal de esos que uno echa de menos, y no soy talibán de Morrisey ni de (ni mucho menos) Jarvis Cocker; como si fueran unos Go-Betweens de, yo qué sé, Birmingham mismo.
Teniendo las clásicas referencias del pop británico en cuenta, bienvenida sea su personalidad y dominio del desparpajo por haber vuelto a formar una nueva colección de canciones tan rotunda, o quizás si cabe más, como la del primer disco. Mejor entonces que hayan terminado por imponerse tras varias escuchas; mucho mejor que lo sigan haciendo tras una cuantas escuchas más, estos días.
Mi favorita ahora mismo es “Letters from a voyage to Sweden”, que les ha quedado encantadora; igual pienso que “Lay down your arms” es como su típica canción, y eso ya es un valor seguro; “Garden lights” es precisamente eso, como juntar a los Go-Betweens con Mighty Mighty; "Our days in the sun" y esa parte central de los teclados que recuerda tanto a la marca de fábrica de John A. Rivers; la tonadilla de “Horoscope”; "The steady pace", "The borders of this land"… muchas favoritas que se me pasaron cuando escuché por primera vez este disco y pensé que habían perdido la magia del anterior. No me lo explico.
A por la edición en vinilo.
Siempre deseé que sacaran un tomo dedicado en exclusiva a Sir Tim O’Theo, el personaje sobre el que gira el simpar mundo de Bellota Village, un fascinante universo con personalidad propia creado por RAF a principios de los setenta y que desarrollaría hasta mediados de los ochenta, ya con la ayuda de su “equipo”.
Hubo vítores en el mundillo comiquero al saber que la colección Clásicos del Humor, que Ediciones B está sacando a los quioscos, reservaba un número para Sir Tim, y ahora que por fin ha salido la sensación es de alegría combinada con insatisfacción.
El volumen se centra en cuatro historias largas, desarrolladas junto al guionista Andreu Martín, muy bien consideradas entre los aficionados, pero yo me sigo quedando con las ganas de una recopilación que recogiera el grueso de sus primeras historias cortas, muchas de ellas impresas en esos clásica combinación de colores blanco, negro y sepia, en las que el dibujo de RAF, manteniendo siempre esa fresca expresividad intemporal que lo caracteriza, está más contenido, sin tomar el vuelo más descuidado de sus últimos tiempos; pero sobre todo son en esas historias de los primeros años setenta donde su bendita anglofilia, tan amable, tan humanamente tratada con todos los típicos tópicos, está más seductoramente presentada.
Desde que caí en la cuenta de la fascinación gradual que sentía por la serie, terminé por seleccionar, apartándolos en un tomo, los tebeos en los que aparecía Sir Tim, para conseguir con su relectura un disfrute más continuado.
Y así acogí con cálido abrazo esa apertura de horizontes en la oferta de personajes de los tebeos para los españoles merced a esa anglofilia (o una personal manera de entender los tópicos, con la garantía que da hacerlo desde la distancia; porque ya se sabe que luego vienen las decepciones), que la propuesta de RAF, alejada de la típica historia de mamporros mortadeliana, nos hacía a todos. Y me sumergí con deleite en un mundo particular, detallista, sugestivo, lleno de personajes mayores y menores con personalidad propia; un mundo del que uno nunca quisiera salir, como pasa con la personal obra de tantos artistas creadores.
Y así me pasa, que ya sólo entiendo la felicidad ocasional que ofrecen sitios como “The Crazy Bird”, quintaesencia del pub como punto de encuentro donde aliviar preocupaciones, o tomarle el pulso social a la población, favoreciendo necesaria la convivencia de la comunidad.
RAF, estoy seguro, quiso alargar la línea que lleva a escritores tan venerados aquí como Wodehouse (¡Patson y Jeeves!), y otros creadores de historias amables de pintoresco color local, donde todos los problemas de la vida parecen recogerse en argumentos a base de malentendidos iniciales y bochornos finales. El mismo mundo inolvidable de Bertie Wooster, por ejemplo.
Con su parodia de los relatos de detectives en ambiente campestre, RAF nos dejó una inolvidable obra para nuestro deleite (así pensaba otro grande, Evelyn Waugh, acerca precisamente de Wodehouse).
Ahí sigue –espero que a prueba de ratas-, la bolsa con mi selección, siempre escasa, de todas las aventuras que conozco. Con este tomo completo algunas páginas que me faltaban. Pero ojalá, ojalá que Ediciones B vuelva a pisarle el pie a estas ediciones de RBA y nos regale otro volumen de historias complementarias a esta selección.
¡Qué repipas, seguro que Patson pagaría una buena ración de pintas por la posibilidad de la resurrección de Sir Tim, de Mc Latha, del “Pajarraco Tontuelo”, del vetusto Rolls!... Qué términos tan rafianos aprendí con ellos: vetusto, trasegar, fisgonear, turulato, ventilarse… ¡Qué acierto el de conseguir esa aproximación hacia unos tópicos enriquecida con ese cachondeo español.! Lo mejor de dos mundos, recomendado para españolitos e inglesitos “de pro”.
Aquí, mi blog preferido para mantenerme al día de las novedades en el séptimo arte, y aquí la mejor aproximación y disección –vergonzantemente fusilada por este aficionado de pacotilla- de la serie. Tanto Álvaro Pons como esos burgomaestres merecen otra ración de pintas. Ahora soy yo (¡remonóculos!) el que gustósamente paga.
Sensaciones Sonoras es una de mis páginas de referencia, cada vez que salgo a pescar por esos mares del ciberespacio. Mr Pleasant, su responsable, cumple con la condición más estimable cuando hablamos de afición musical: estar abierto de orejas, con criterio para no cerrarse a un solo estilo musical. En Sensaciones Sonoras podemos encontrar pop, soul, jazz, bossa nova o lounge, recuperando discos de los sesenta o dando cuenta de las novedades de interés, todo gracias a ese enriquecedor criterio.
Ahí descubrí nada menos que al gran Nicola Conte, por poner un ejemplo. Últimamente he pescado un par de nombres que están dando mucho juego en esta primavera: Steve Cradock (ex-Ocean Colour Scene, de vaga atención a principios de los noventa), con un disco en solitario que presenta, en expresión del señor Pleasant, una “rancia autenticidad” que ya no es fácil de ver, como si de un entonado Paul Weller de la última época en solitario se tratase. Un disco con canciones como "The Apple", "On and on" o la que más se me repite en la cabeza, "It's Trascendental", por lo que merece permanecer en mi reproductor durante un tiempo.
Aunque sin duda, el nombre de estos días está siendo Lukas Sherfey (ahora se trataría del Paul Weller de Style Council, el que más me gusta) cuya propuesta en forma de disco merece otorgarle como motivo el haber sido ex de alguna banda de referencia, pero de las de verdad. Y sorprendentemente no: escucho cada vez con más deleite esta colección de canciones que caen del mismo lado de héroes como Paul Bevoir y sellos como Tangerine Records, cantadas con una voz que uno juraría que es la de alguien conocido y muy estimado y… resulta que es danés y su hoja de servicios presenta a la banda mod The Movement que yo no conocía, parece que de pop más afilado y energético; habrá que rastrear, pero sé que me seguiré quedando con el pop de burbujeante soul al gusto mod de este danés con maneras de estiloso maestro inglés del Swinging London. ¿A quién me recordará su manera de cantar, como mostrándose permanentemente sorprendido, con esa voz nasal de leve constipado?...

La otra tarde salí a buscar por esos quioscos el volumen de Clásicos del Humor dedicado a Sir Tim O’Theo. En el reproductor saltó “Broken hearts” y enseguida pensé que podía ser Paul Bevoir reviviendo a los Jet Set, o sea que… Pero esa tarde ventosa quedó marcada por “Spending days”: con su comienzo samcookero, su luminoso estribillo y el sonido de esas guitarras que actúa como pegamento fino y poderoso a la vez, se mantiene como canción del momento. Y ya con todas las alarmas saltando, me dispuse a disfrutar de un disco muy disfrutable: “Was it love”, "I will give my heart to you", "Soul vacation",“Will you love me when it rains”, o "I won't be crying", un tipo de soul stomper que Paul Weller quiso hacer con The Style Council.
Un disco así es el que por ejemplo podría haber hecho Rinaldi Sings; un disco con toda la pinta de haber sido gestado por las manos del gran Paul Bevoir, nada menos; un disco merecedor de formar parte del catálogo de Tangerine Records… O sea que, más madera para mantener la misma crepitante llama encendida durante estas últimas semanas de primavera con In Days Of Wonder.
El anzuelo de Sensaciones Sonoras, que no falla. Muy agradecido, Mr. Pleasant.
El gran Murnau… Nombre que siempre tendré asociado al Aula Magna de la facultad de Ciencias de Granada. El cine como verdad desveladora, como parte esencial de la educación sentimental, quedará por siempre sostenido entre las tiras de madera que adornan el techo de ese aula donde el Cine Club Universitario proyecta (porque espero que siga haciéndolo) su interesante, necesaria programación. Recuerdo éste que comparte emoción agradecida con el Palacio de Los Condes de Gabia, habitual lugar de proyección de la programación de la Filmoteca de Andalucía. Puede que allí fuera donde vi El Último.
A principios de los noventa, el Cine Club Universitario le dedicó un pequeño ciclo, y desde entonces el nombre de este director alemán ha permanecido como mi favorito de todo el cine mudo. Entonces su imagen quedó agrandada a mis ojos al fantasear con la típica cuestión del artista fiel a sus principios contra el duro muro de la realidad impuesta, con las dificultades que su arte encontró en la industria de Hollywood, cuando lo ficharon para que se fuera allí; y luego está lo de su muerte en accidente de coche, envuelta en una posible historia homosexual…
He podido hacerme con esa espectacular obra de referencia sobre el cine de Murnau del especialista Luciano Berriatúa, editada por Filmoteca Española en 1991, para conmemorar el sexuagésimo aniversario de su muerte. Siendo un libro sobre las técnicas y los métodos de trabajo de F. W. Murnau, debe de ser especialmente jugoso para los estudiosos del cine, pero resulta igualmente interesante para aficionados humildes como yo, fascinados por las imágenes, la simbología y las interpretaciones culturales de su cine.
A buen seguro, en estos dos tomos profusamente editados con toneladas de memorabilia encontraré información contrastada que me hará retocar o refundar sobre más sólidos cimientos la imagen romántica que me quedó de este hombre, el más culto de los directores de su época, que quiso mantener a toda costa el valor artístico y técnico de un modo de entender el cine irremediablemente agotado por la velocidad a la que los nuevos tiempos corrían para darle la bienvenida al sonoro. Leo que Murnau decía que aquello era otra cosa, algo que planteaba nuevos retos. Su talento seguro que los hubiese resuelto convenientemente, de no ser por aquel imprevisto accidente.
Y de momento ya me quedo con esta frase de Luciano Berriatúa para reflejar el cambio entre una época y otra, o entre dos tipos de propuestas, de intenciones a la hora de resolver las posibilidades que el cine ofrece: “El cine amenazaba con transformarse de un arte para sordos a un espectáculo para ciegos”.
Ahora es novedad un nuevo trabajo de este autor sobre Murnau: en esta ocasión presenta libro y DVD sobre Nosferatu, con la película restaurada: Nosferatu, un film erótico-ocultista-espiritista-metafísico, ¡toma ya! Un Nosferatu resucitado que Divisa ofrece a sesenta eurazos. Para echarse a temblar.
Algunos de los discos que terminan gustándome más me dejan insatisfecho tras la primera escucha. Me maravillan los oídos de madera que tengo, por hacerme estas cosas; por engañarme así, tan juguetonamente. Y tratándose del artista que en este caso se trata, se comprenderá el nervioso suspiro con el que ahora intento calmarme ante la gran injusticia que estuve a punto de cometer con él.
Celebré con júbilo la edición del nuevo álbum de Paul Bevoir -uno de esos músicos pop destinados a ser tenidos por bandera por el aficionado, que se lo ha apropiado como cautivador modelo, por representar esa manera tan especial de entender el pop-, y le dediqué una (ahora me doy cuenta) apresuradísima escucha con el corazón a mil pulsaciones por culpa del recuerdo de los dos discos que sacó a su nombre, seleccionados por aquí entre la cosecha, siempre escasa, del mejor pop inglés con denominación de origen, vertiente “más papista que El Papa.”
Porque Paul Bevoir es producto de la historia musical con más primorosa frescura sellada a partir de los Beatles, y valiente responsable de ofrecer su persona como vehículo transmisor, con una gran caja de resonancia, de todo ese legado del Swinging London.
Porque Paul Bevoir condensa la esencia del aficionado cegado por el pop (coleccionista, mitómano); tocado por su varita mágica: la prueba de la redención humana que experimenta todo aquel que se dedica en cuerpo y alma a moldear con cuidado una melodía. Claro que hubiese estado bien tomarme la molestia de haber ido a comprobarlo en persona, aprovechando por ejemplo su actuación durante la celebración de los treinta años de Flor de Pasión (Juan de Pablos, precisamente otro santo pop)… pero en fin, aquí sigo, soñando con hipótesis perfectas, sin necesidad de comprobaciones empíricas. La ciencia idílica funciona así.
¡Ah! eso… Decía que menos mal que decidí darle otra oportunidad al disco, antes de archivarlo con cariñosa tristeza, puesto que solo me llamó la atención, creo recordar, el ritmo limpio, directo, saltarín, con su regusto soul, de “After all this time”.
Ahora no paro de escuchar todo el álbum, y a cada nueva pasada me salen nuevas favoritas como si fuesen setas: “Days of wonder”, con las ajustadas dosis clásicas de Beach Boys y Beatles; “If Clouds were umbrellas”, a ritmo de vodevil al gusto McCartney o Harry Nilsson; “I wanna go”, chispeante, con unos coros y un cambio de marcha en el estribillo que la hacen especial; “I never get an A”, con la colaboración de la belga Marine Boréale, y le ha quedado muy emotiva; “The survey on lonely street”, que podría pasar por la típica canción de Paul Bevoir, ¿y no posee "When Matilda flies", ya en el título, el toque clásico de Pete Dello?
No me explico cómo se me pudieron pasar todas ellas sin dejar la impresión de encontrarme con otra colección de pop inmaculado, marca Paul Bevoir… Si ya sólo con la intro de “Days of wonder” debería haberme puesto en guardia, porque discos que comienzan con este tipo de detalles son los que uno siempre termina prefiriendo.
Un disco de humilde producción en sus condicionantes y, por ende, sabiamente arreglado en su resultado, con un uso efectísimo de los teclados, que igual arropan la melodía como un cuarteto de cuerda que contagian el ritmo como si se tratara de una potente sección de metales. En cuanto a los coros y el cuidado de las voces, ya se sabe que va de suyo, tratándose del pop que se trata, aunque sí encontré a un Paul Bevoir con voz más queda, reforzando la idea de cercanía, humildad y clarividente sentimiento que posee quien ha dedicado tantos años a desarrollar su pasión musical.
Y es que se trata de Paul Bevoir, todo un ejemplo de “el pop me hizo así”, con ese rostro eternamente juvenil, reflejo de una luz interior (esa varita mágica del Pop), producto de una pasión sostenida por canciones que lo mantendrán por siempre joven. Siempre le he visto un cierto aire a lo McCartney, desde aquella foto suya de los tiempos de The Jet Set, sentado con un bajo Rickenbacker y los auriculares puestos.
Detallista, perfeccionista hasta el límite de que, si de él solo hubiese dependido, el disco seguramente no habría visto la luz, y eso después de haber estado paciéndolo durante diez años, para luego quedarse con un par de canciones para comenzar de nuevo, estos tres últimos años. Por eso es importante, primero, su habitual grupo de compinches, The Family Way, con Richard Fairclough a la guitarra y Mickey Dias al bajo (ya desde los tiempos de The Jet Set), que ofrecen la necesaria infraestructura instrumental para grabar y tocar de cuando en cuando, y luego, además, la encomiable y envidiable labor de empuje de entusiastas como Guille Milkyway o el Fresón Rebelde de Felipe, por citar algunos músicos de este país.
Paul Bevoir ha tenido también la dosis de éxito en Japón que todo artista apreciable parece tener reservada allí. Él trabaja profesionalmente como diseñador de discos, y me extraña un poco que éste último no haya salido en Tangerine Records, la casa del anterior y de la reedición del primero, que salió allá por 1985, cuando aún The Jet Set como proyecto pop tenía mucho que mostrar, y lo haría, hasta su final en 1988. De ahí que llegué a pensar en su momento que Tangerine era el sello propio de nuestro artista, pero no: nació en 1992 como sello de reediciones gracias al empeño de Chris Hunt, alguien proveniente del ámbito fanzinero mod.
Y es que Tangerine Records también merece tratamiento aparte, por ser un sello especial, de los que merecen la pena, al reflejar una coherencia estilística en su catálogo. Y qué catálogo: Squire!, The Direct Hits, The Cleaners From Venus… aparte de los propios The Jet Set y Paul Bevoir, lo que permitía que se pudiera comprar a ciegas cualquier referencia, sabiendo que muy posiblemente se tratase de otra fina rodaja naranja del mejor pop al gusto inglés de tendencia mod.
Tangerine Records ha rejuvenecido últimamente con Rinaldi Sings (Steve Rinaldi, antiguo componente de The Moment, también reeditados allí), con dos discos ya, el primero de los cuales, What It Is All About, contiene canciones del calibre de “On a magic carpet ride” y “Come Fly with me”, que no hacen sino agrandar el repertorio de grandes canciones pop que ha dado esa óptica sixties mod como inmejorable denominación de origen. “This time tomorrow”, por cierto, está compuesta por Bevoir, quien ayudó con su toque a que el álbum quedara así.
El nombre de Tangerine Records siempre será por aquí la señal de calidad que garantiza parte del pop que más me gusta. Y especialmente, el nombre de Paul Bevoir en concreto.
Por eso me extraña que no me entrara de primeras este nuevo disco. Mi estima por su responsable no habría caído lo más mínimo, de haberlo almacenado con algo, eso sí, de tristeza. Yo y mis oídos de madera. Para fiarse…
Cómo me gustaría que Tangerine reeditara el par de discos que Paul Bevoir hizo con The Smalltown Parade, su nuevo proyecto tras The Jet Set. Seguiremos buscando.
Ahí van, y bien temprano. Juan y Juan, creo. Parece que el mayor es el que rescata las historias que guardan los nombres señalados durante el recorrido de cada ruta, mientras que el más joven supongo que se ocupa de registrar los datos del GPS, para que quede constancia, con información fiable, de las rutas de senderismo y BTT que engordan poco a poco esta página de rutas serranas que supuso todo un revelador descubrimiento, al ver que reparten sus excursiones entre Madrid, Ciudad Real, Alicante, Murcia... y Almería. Y dentro de Almería… ¡todas por aquí, por Oria! Menudo sorpresón.
Tienen su campamento base en El Royo, y registran cada salida con provechosa información, con fotos, con los tracks para los que dominen ese extraño aparato para mí que es el GPS…
Gracias a esa página he aprendido a conocer mejor mi tierra: el nombre de sus cortijos, los cerros, las ramblas… ¡y cómo me gustan esas fotos que recogen las primeras luces de una mañana estival!...
Rutas Serranas es responsable, en buena parte, de este torpe intento mío por grabar mis salidas. Como el que intenta escribir algo y acude a un buen diccionario, así me pasa.
El día que me los encuentre por esos caminos trataré de saludarlos, para agradecerles sinceramente su ejemplo. Si me dejan compartir con ellos alguna ruta, ya será un gesto de extrema caballerosidad andante para este humilde aficionado desconocedor de su propia tierra; sin historias que contar y sin GPS. Aunque esto último es lo de menos.
(Oria-carretera a Chirivel-desvío a la izquierda antes de la cuesta del Duende: rambla de Traísla-carretera a Cúllar-desvío a la derecha en el km 11: rambla cerca de Lo Burrueco-la Pililla-rambla La Bermeja-ctjo de la Bermeja: camino a la derecha, en ascenso-rambla-ctjo. Malagón-tarifa-Las Vertientes-El Contador-Asoilla: camino a la derecha-ctjo.Los Alamicos-Los Álamos- carretera-Oria: 64 kms, 3h 48’)
Me dejó algo tocado la ruta del sábado, sobre todo en mis posaderas, sorprendentemente doloridas pese a su asentada experiencia.
(los clásicos badenes de la Al-8100)
Bueno, pues hoy domingo me dejaré llevar por los vaivenes de cerros y barrancos, cruces de caminos con ramblas, subidas y bajadas entre chaparras y almendros que esconde el Campo Cisnares. Por allí, por encima de Los Álamos, comencé con mis primeras rutas, bajando a la rambla del Plan y volviendo a subir, enlazando con Aspilla y el Contador y las Vertientes… Un rompecabezas de caminos para mi pobre sentido de la orientación al que hoy he vuelto para dejar constancia de que no me olvido de este terreno, ni mucho menos. Le tengo cariño. Lástima del dolor de culo, que me obliga a meter plato y pedalear de pie, cada poco tiempo. ¿Será que este sillín le da elegancia con su color blanco a la bici a cambio de menor confort con el paso de las horas? Pues vaya… No sé si salgo ganado con el cambio.
(Tarifa)
(Oria-Barranco Quiles-Boca de Oria-rambla de ascenso-Las Carrascas-Chirivel-camino del puerto-El bancal-A317, carretera a María-sendero del Pinar de La Alfaguara-A317-María-sendero Umbría del Maimón-Puerto del Peral-Fuente Grande-ctjo. El Ciruelo-puente que cruza la autovía-ctjo. Venta El Picolo-rambla-rambla Claví-campillo-ctjo El Cantal-El Margen-Boca de Oria-Barranco Quiles-Oria: 92 kms, 5h 43’)
A María, con la mente puesta en una rápida visita al centro de información del parque, por si me podían dar un mapa detallado. Sólo tienen uno muy básico con los senderos; el bueno está expuesto allí.
Curveando por El Bancal, tras bajar el puerto de Chirivel, me encuentro con esta bonita estampa amapolada.
Luego llego hasta la carretera A-317, tras una rápida bajada con algunas curvas peligrosas; en sentido inverso, la subida se las trae. Llego a María pasando por El Pinar de La Alfaguara, con el esperado aroma a pino y con algunas señales de esas clásicas que me encanta volver a encontrar, de cuando en cuando.
En la apreciada María, cargo agua en sus caños y paro a repostar como tengo acostumbrado, cerca de la gasolinera.
Luego, regreso por el también habitual sendero de la Umbría del Maimón, enlazando con el Puerto del Peral, para ya dejarme caer, con cuidado pues es vertiginosa bajada, hasta Fuente Grande. Desde ahí, buscaré la ya acostumbrada vía de regreso por la rambla de Claví.
En una ocasión -puede que en dos-, he hecho esta ruta al revés, desde luego que mucho más dura, al convertir las fuertes bajadas en fuertes subidas, lo que sigo prefiriendo, aunque esta última salida haya sembrado la duda del estado de mi fondo, pensando en el futuro: se me ha hecho durilla, y acabo con un dolor de culo considerable. ¡Pero si antes aguantaba perfectamente cinco y seis horas…!
Y MIENTRAS, EN EL ZURRÓN…
Mi gusto por el Northern Soul vertiente Modern me viene de los recopilatorios de Kent y Goldmine. Ahora que el segundo volumen de Masterpieces Of Modern Soul de Kent va encaminado a repetir triunfo, me coincide en el reproductor con el Crossover Soul de Goldmine, de edición anterior pero que descubro ahora como si de un contraataque se tratara. Y ahí está, sembrando la Rambla de Claví con clásicos recuperados del nivel de Lynne Varnardo y su “Wash & wear love”, Shock con “Foot steps across your mind” o The Winstons y la sensacional “Colour him father”. Nunca fallan.

El premio especial se lo lleva, con unos meses de retraso por no haberme dado cuenta antes, el nuevo elepé del querido Paul Bevoir, In Days Of Wonder (Accident, 2008), que va a terminar marcando esta primavera de manera especial, como también ha hecho Nick Garrie.
... Y a celebrarlo con el botellín favorito del momento:
Seguido de cerca por éste otro:
(a pesar de la edición especial dedicada a cierta banda rock zaragozana...)
Más de lo mismo: en la segunda mitad de los noventa creo que estaba en el apogeo de mi educación sentimental a través de la afición musical. Recuerdo cuando recibí por correo el 10” Expreso, recopilatorio de Siesta, consciente de saborear esa afición de la mejor manera posible: atesorar en su momento unas referencias de interés que sabía que perdurarían en mi recuerdo por conformar mi gusto musical. Cuidando el contenido y el continente, los discos del “mejor sello de mundo” iban poblando mi estantería, marcando una exigencia en vinilo y dando pistas para ir a la ética por la estética, siempre considerando las dificultades del miope pueblerino con pocos recursos y bla bla bla… No me quejo. Aprendí lo enriquecedor que puede resultar mantenerse abierto de orejas, y lo conveniente de ser un talibán intransigente ante ciertas exigencias. En fin, hay una línea que lleva hacia la melodía; mantenida, subrayada, prolongada, a veces discontinua para sorprenderte tras un caprichoso rodeo, pero que desde hace tiempo sigo. he aquí el esfuerzo por ir alargando un menú estrecho, seleccionado, pero cada vez con más variedad. O al menos un intento amable.
Twilight Beer Hall
Sorprendentemente, la última película del genio japonés de la animación está en la cartelera de los cines Monumental, en el centro comercial Mediterráneo. No me lo esperaba, resignado ante el desierto cultural que la ciudad de Almería también ofrece.
El viaje de Chihiro y El castillo ambulante me convirtieron en fan del estudio Ghibli. Ahora aparece Ponyo en el acantilado, y desearía que María tuviese un par de años más para poder llevarla a verla...

(Oria-rambla de Oria-camino fortaleza de Olías-antenas-Los Cerricos-Los Alonsos-Villar-Arroyo Olías-camino a la cantera-vereda-Santuario de El Saliente-Al7100-Los Cerricos-El Margen-rambla de Oria-ramblica Los Reche-AL8101-Oria: 62 kms, 4h 05')
El domingo decidí unir la subida a la cantera de Los Cerricos con la bajada al Saliente por la vereda. Además, llegaría a Los Cerricos tras subir hasta las antenas de la Rambla (el camino que lleva hasta los restos de la fortaleza de Olías), ya que hacía tiempo que no lo hacía.
Pasado el desvío del Collado de la Madera, y tras un badén, aparece un desvío a la izquierda que nos lleva hasta la pequeña cantera; se hace mucho más duro si lo enlazamos con el camino de la izquierda que sube desde el Arroyo Medina.
Sabía que el camino de la cantera, en su parte final, está bastante complicado debido a la piedra suelta y los surcos que han ido dejando las lluvias, sin transitar desde hace tiempo. Mi intención era intentar subir sin poner pie a tierra; sin penalizar, como si de una prueba de trial se tratase. La última vez que lo intenté no hubo manera de lograrlo, y en esta ocasión… tampoco: hasta cinco veces tuve que dejar de pedalear, a punto de caer por la pérdida de equilibrio; los tacos desgastados de la trasera por su banda central tampoco ayudaban a la estabilidad, provocando molestos derrapes por no agarrar.
Y volví a bajar por la vereda, a pie en su primera parte y sobre la bici finalmente, saliendo por detrás de un cortijo cuya dueña, ya mayor, tomaba el sol sentada en su silla, y que respondió sin alterarse al buenos días con el que me identifiqué.
Rápida visita al santuario, y vuelta por Los Cerricos, el Margen y la Rambla, subiendo hasta la carretera por la Ramblica de Los Reche.
MIENTRAS, EN EL ZURRÓN…
Destaco tres canciones que me van saltando gracias a la opción de mezcla aleatoria del mp3, logrando con su insistencia que se estén convirtiendo en favoritas durante estas semanas: “The good old days”, The Lodger, una banda que me descubrió el tocayo Manuel Soleado y que toca el cielo con esta canción que debería ser todo un número uno en otros tiempos de más delicadeza, y que engrandece la bendita influencia de los Orange Juice, nada menos; “Nuthin’s gonna tear me away from you”, una de las canciones más resultonas del nuevo disco de Bob Evans, y “You gotta be a lady” de The Chargers: ésta, y otras como ésta, hacen de este volumen una magnífica segunda parte de uno de los recopilatorios de modern soul favoritos por aquí. Estoy deseando hacerme con él.
(Oria-AL399-cuesta Las Cruces-rambla El Plan-Los Álamos-Aspilla-Contador-Las Vertientes-ctjos de Orgalla-rambla-ctjo. La Venta-ctjo. El Bosque-pista bordeando el cerro de El Cabezo-puerto de Chirivel-Chirivel-ctjo. Las Carrascas-Boca de Oria-rambla de Oria-ramblica Los Reche-AL8101-Oria: 100 kms, 5h 40')
La intención era volver a subir a las canteras prehistóricas de Sílex del cortijo de La Venta y, quizás, acercarme hasta Orce; por eso salí temprano. Al final me quedé calculo que a pocos kms. del pueblo, pero esta salida tempranera me ofreció la mejor mañana primaveral del año: los haces de sol abriéndose camino por el costado derecho, mientras con la bici desvirgaba la hierba rezumante de rocío de los caminos.
Bajando por la cuesta de Las Cruces, pasando por los cortijos de la Umbría, terminé mojadísimo en piernas, maillot y gafas, con las ruedas eyaculando rocío a base de bien. ¡Qué mejor bautismo primaveral que una mañana así! Conejos y perdices se me cruzaban por delante, me imagino que a modo de bienvenida consentida, porque deben de saber, deben de notar que mis intenciones son amistosas. Y, desde luego, la exuberante música brasileña de Joyce sonando por los altavoces era la más indicada para ponerle la banda sonora a una mañana así. Sensual espiritualidad.
Así fui pasando por Los Álamos,
Aspilla,
El Contador
y Las Vertientes,
donde, por el Camino de Orgalla crucé la autovía y me dirigí a los cortijos del mismo nombre; allí hay una balsa con patos y un frondoso sauce bajo el que se cobija una mesa con su silla, lo que invita a un bucólico descanso. Yo sigo, metiéndome por una rambla bastante arenosa que me llevará a los yacimientos de Sílex, coronando el cortijo de La Venta.
Y de ahí para abajo. A la izquierda se ve la imponente Sagra, como una madalena rellena de nata. Me cruzo con un betetero que no sé de dónde vendrá (cuánto me gustaría pararme e intercambiar experiencias sobre la bici). Paso rápido, pero no violento ni precipitado, por el área de descanso del cortijo de El Bosque, hasta dar con la pista principal que a la izquierda debe de llevarme hasta Orce y que a la derecha supone el regreso, rodeando el cerro del Cabezo y volviendo por el camino del puerto de Chirivel, donde estos días se ha celebrado una vistosa feria agrícola.
Me salieron cien kms. con cuatrocientos metros, incluyendo los seis o siete que hice con la intención de llegar a Orce, antes de volverme por si acaso llegaba demasiado tarde a comer a casa. Queda pendiente.
(Oria-Barranco Quiles-Margen-Cerricos-cañada-vereda-Saliente-AL-7100-Las Pocicas-El Madroño-rambla-Bancalejo-collado La Ahorcada-campillo Chirivel-El Cantal-Campo Cisnares-Margen-Barranco Quiles-Oria) 68 kms. 4h 15'
La factura que las subidillas dejan también se nota cuando al día siguiente no tienes tantas ganas de salir como suponías. Vamos, que si la mañana se presenta con mal tiempo no me hubiese importado quedarme en casa, viendo algún capítulo de Reginald Perrin... Hizo mejor mañana que la del sábado.
Me había dejado la cámara en Almería, la pila del mp3 estaba gastada, y repasando esa factura no veía claro qué ruta tomar. Al final resultó ser buena idea volver a probar la vereda por la que, desde encima de Los Cerricos, puedes bajar hasta dar frente al santuario de El Saliente. La descubrí no hace mucho; yo, que me pongo como un flan ante la perspectiva de tener que adentrarme en el lado oscuro de la BTT… Se llega a ella subiendo por la Cañada, camino señalizado a la izquierda de la vistosa ruta que suelo hacer cuando paso por Los Cerricos y bajo bordeando a la izquierda su barranco y su rambla, pasando por las cortijadas de Los Alonsos, Villar y Arroyo Olías, dejando a la derecha el Collado de la madera para, en un agradable vaivén en bajada, terminar en la rambla Carretas.
El camino de la cañada, unido a esa vereda, supone una entretenida variante. Para unirlas, no hay más remedio que bajarse y andar unos metros de subida hasta la vereda, al quedar por encima del camino que, de seguirlo a la derecha, nos llevará a la cantera (otra buena subida dura y técnica, si se hace por la otra vertiente).
Los primeros metros de la vereda, en bajada, escapan a mi técnica ciclable; a ver quién es el valiente que se lanza por esa pendiente, muy erosionada por el paso de las motos. Después ya sí, con cuidado voy guardando el equilibrio hasta llegar a los cortijos situados en frente de la carretera del Saliente. De ahí, para abajo, cruzándome con algunos ciclista de carretera, hasta Las Pocicas, para tomar el desvío hacia El Madroño, subiendo ya por asfalto al otro lado de la rambla; y por toboganes de asfalto -se hace pesado-, sigo hasta Bancalejo, saliendo a la AL-7100 que dejaré unos kms más al oeste para meterme a la izquierda en la sierra por la subida del Collado de La Ahorcada. Y ya por el campillo de Chirivel, cortijo El cantal, plátano en El Margen… lo de siempre.
De haber echado la cámara hubiera podido retratar el campo de amapolas cerca de Bancalejo.
(Oria-A-399-rambla El Plan-rambla La Bermeja-ctjo. Malagón-Tarifa-subida a la Sierra de María-vía de servicio-Contador-La Tala-Aspilla-A-399-Oria: 64kms, 3h 54')
Resulta más bien molesto comprobar la verificación de esa ley que dice que las condiciones climatológicas favorables para la práctica de la bici empeoran con la llegada del fin de semana. En fin, es lo que hay. Seguiremos esperando la excepción que confirme esta regla.
El sábado trajo, aparte de la presencia del viento (más notoria a medida que empezaba a dar pedales), el descubrimiento de otro de esos caminos de ascensión, divisados a lo lejos como descuidadamente subrayados, a este lado de la sierra de María; casi todos por motivo de los cortijos plantados en la parte alta de la falda sur, pero sin terminar de coronar, sin comunicar con el otro lado. Son unos tres o cuatro arañazos a la vertiente sur, entre los dos pasos ya conocidos con la bici: por el este, a la altura de Venta Quemada, la arenosa rambla que lleva al yacimiento de sílex, y al oeste por el clásico Camino de La Sabina, que queda a la derecha antes de terminar de bajar para dar con la carretera, a unos once kms. de María.
Éste de hoy parecía ofrecer ciertas posibilidades como vía de acceso, pero tampoco: una dura subidilla, de las que se supone que me gustan (“venga, que ahora jugamos en casa”), que hizo que pusiera pie a tierra; en parte para admirar la sierra desde esa perspectiva y en parte para descansar del dolor de cintura que llevaba de empujar con los riñones. Unas cuantas pedaladas más y llego a un pequeño medio llano acondicionado como campo de caza, para desgracia de las perdices despistadas.
Te das cuenta del desnivel de una subida cuanto toca bajarla. Y así, con cuidado, regreso a la altura del puente de salida a Las Vertientes, y decido regresar por la vía de servicio hasta el Contador. Y es que, a veces te das cuenta de la factura que dejan algunas subidillas cuando simplificas los planes por culpa de las ganas de regresar.
A las doce y media estaba en casa. “No me puedo creer que ya estés aquí; algo te ha pasado.”
El disco de Nick Garrie merece tratamiento aparte. Ya he comentado la sorpresa de encontrarme con canciones del calibre de “Twilight”, “Lovers” o “In every nook and cranny”, que me hicieron preguntarme -asombrado por el fondo de madurez musical que ofrecen-, de dónde demonios venía este músico.
Bueno, pues resulta que ya tenía la reedición que hizo Rev-Ola de The Nightmare Of J.B. Stanislas, aquel disco suyo de… 1969. Debí figurármelo.
Me lo pasó Juan Ferrer, uno de mis “dealers” particulares más afectuosamente recordados; culpable de que a través de la línea Aranjuez-Oria me llegara buena parte de la música más disfrutada por aquí en los últimos tiempos.
Los aficionados cuasi enfermizos somos culpables, en muchas ocasiones, de sufrir la paradoja de atesorar aquello que más se disfruta, sin disfrutarlo convenientemente. Así, el sueño de poder darse buenos banquetes con la música que más deseas termina transformándose en pilas de discos acumulados, pendientes de escucha.
Lo curioso es que precisamente este disco de Nick Garrie se salvó de mantener por demasiado tiempo un anonimato sepultado por la masa, ya que sí que disfruté de él en su momento (con la versión acústica de "Bungles Tours" a la cabeza. Un disco cercano a Nirvana o a los de Harry Nilson de aquella época, por ejemplo), pero por culpa de este despiste mío que nunca tengo en cuenta por culpa de no recordar que tengo mala memoria, en un primer momento no fui capaz de establecer la relación conveniente, saludando así estas nuevas canciones como el maravilloso regreso de un gran artista.
Aclarado el misterio, repaso la historia de este hombre y me la apropio como ejemplo, una vez más, de que las canciones terminan llegando para imponerse al oyente, si lo merecen. Así que todo eso de una carrera musical al uso es lo de menos.
Vale, aquel primer disco tuvo la mala suerte de que el sello francés en el que fue editado acabó repentinamente por el fallecimiento de su presidente, impulsor del proyecto. Pero bueno, Nick Garrie siempre quiso ofrecer canciones en formato acústico, y a la hora de ser grabadas le impusieron toda una orquesta que dio lugar a un pop suntuosamente arreglado, algo que a todos nos gusta pero que a su autor le dejó más bien frío. "En fin, una mata que no echó”, bien se puedo haber dicho, para dedicarse a otros menesteres: acabar la universidad y empezar a ganarse la vida con diversos oficios, pero siempre, al parecer –escuchado lo escuchado-, guardando su tiempo para el arte de la composición.
Me fijo en los detalles extramusicales de Nick Garrie y me da por pensar en dos aspectos de “lo británico” más bien contradictorios entre sí que me seducen por igual, siempre vistos desde la distancia por alguien tan miope como yo: el tipo inglés muy inglés encerrado en su insularidad, lo suficientemente excéntrico como para reírse de su excentricidad, y el inglés de miras más amplias que busca en el continente el viejo pegamento universal capaz de fijar su tierra de origen. Creo que la trayectoria de Nick Garrie responde a este segundo tipo de personas que buscan cultivarse en tierra ajena, guardando como un tesoro las buenas costumbres que pueden aprender y que saben enseñar.
Y ahí lo tenemos: como profesor no sé muy bien si de inglés o de francés (puede que de ambas); montando un club de esquí en las montañas suizas, enseñando durante el día y tocando por la noche (ahora me explico lo del vídeo esquiando tan suelto con la guitarra a cuestas…); viajando y conociendo gente interesante con la que avivar su talento musical, como Francis Lai, con el que terminaría componiendo, tras algunas otras, la soberbia “Lovers”; como Leonard Cohen, con el que giró por nuestro país en los ochenta (¡y llegó a ser número uno!); como los músicos habituales de Cat Stevens, con los que grabaría, al fin, un disco en formato acústico bajo el nombre de Nick Hamilton; o como un grupo de guitarristas portugueses con los que revisó su cancionero (Twelve Old Songs) en formato acústico.
Mientras tanto, The Nightmare… creció como disco de culto; sobre todo desde la inclusión de “Wheels of fortune” en uno de los recopilatorios Circus Days. Habría que haber visto su cara de sorpresa al descubrir el estatus de culto de su disco cuando, como curiosidad, tecleó su nombre en Google.
Con internet como imparable vía de contacto, fue Joe Foster el que consiguió su beneplácito para reeditar en su reverenciado sello Rev-Ola aquel primer disco, hará unos tres o cuatro años. Y fue también gracias a Joe Foster como Nick Garrie fue presentado a Ally Kerr (¡oh sorpresa!), para que actuara en su sala Viva Melodía (¡con ese nombre, ¿cómo no vamos a quererlo?!). Y las actuaciones llevaron a la posibilidad de sacar material nuevo y así fue como nuestro Nick Garrie acabó grabando en los estudios Riverside de Glasgow, rodeado de la gente más apropiada posible que uno propondría como santificables por todo lo que han hecho y siguen haciendo para mayor gloria del Pop: Norman Blake, Duglas T. Stewart, Francis McDonald… y en cuanto tenga el disco en las manos rebuscaré por los créditos para encontrarme –no me extrañaría lo más mínimo-, al gran David Scott: seguro que por lo menos por allí anduvo, con una sonrisa de oreja a oreja.
Y así estoy yo, con una sonrisa de oreja a oreja de ver como todo cuadra, comprobando lo que esta pandilla ha provocado en el bueno de Nick Garrie: este nuevo disco suyo que pasa por ser, ahora mismo, mi disco del año. Ya fue una revelación volver a encontrarme con Flor De Pasión en horario de tarde, escuchando allí por primera vez “Twilight” (single de adelanto), lo que me hizo garabatear rápidamente el nombre de Nick Garrie donde primero pillé. Algo que ya debí haber hecho antes, cuando en 2007 formó parte del cartel de ese festival tan especial para los amantes de la melodía que es el Felipop. Ahora leo con envidia la crónica que dice que entre canción y canción hacía alusiones a su infancia, a sus colaboradores, a su pasión por viajar, y anunciaba de paso la novedad de un nuevo disco.
Yo no sé cómo lo habrán logrado, pero los de Elefant Records han acertado como nunca al editarlo (y no me olvido del detalle de sacarle un 7"). Inmejorable manera de conmemorar el puñado de años que llevan ya en esto. Y además tiene edición en vinilo, como merece. Qué menos que les pida ambos, CD y LP. Es lo que tienen los discos destinados a ser degustados, manoseados y atesorados por siempre.
(45' 25")
Tenía ganas de correr una prueba de diez kms, porque así me esforzaría por aumentar mi ritmo de carrera, pensando en que eso me puede ayudar en mi mejora, ya que por defecto suelo pecar de conservador.
La prueba fue bien, subiendo de ritmo e incluyendo un sprint final que me hizo acabar con sabor a ácido láctico. Pude haber afinado algo más, de haberme colocado mejor en la salida (habría evitado ir superando corredores en los primeros kms y el tramo extra que separa la cabeza de la cola), pero bueno. En algún momento pensé en la posibilidad de acabar en cuarenta minutos, pero me temo que aún no es posible.
Buena mañana para correr. Luego sí que lo haría de verdad, ante la tromba de agua que nos cayó camino a casa.
Y ya que estamos con la recuperación de grabaciones de selecciones hechas durante aquellos tiempos de la educación sentimental -siendo consciente del peligro que corro al volver a oírlas durante los paseos en bici (posibles caídas por bloqueo emocional)-, momento ahora para traer aquí el primero de los cinco o seis volúmenes agrupados bajo tan sugerente título, que a su vez formaron parte de la planeada serie (legendaria por aquí) “Instrumentales Para Separar Fases”, como tributo a la decisiva influencia del querido Juan de Pablos.
Así pues, tal y como apareció en Mockba 80 (aquel “conjunto de fotocopias al que la palabra ‘fanzine’ le queda demasiado grande”)… “Desde el dormitorio, directamente from the vaults, proponemos la banda sonora para acompañar un cierto estado de ánimo sereno, cuando la tarde comienza a recibir el toque misterioso del anochecer. ¿Qué mejor manera que suspender eternamente el descanso del guerrero con una cerveza? Que cada cual lo haga a su manera, nosotros siempre nos hemos sentido seducidos por los grupos de pop que tratan de ensanchar su horizonte musical mediante instrumentales sugerentes, escapistas, pero no insulsos ni fríos.
La idea original proviene de los grupos británicos de los ochenta, de los sellos que hicieron de su nombre una marca propia (como Él records) y de los posteriores revivalistas (Siesta, Tricatel…). El nombre nos lo dieron The Lilac Time ‘en una de esas horas vespertinas y mágicas, momento en el que las luces rojizas o doradas de las mansiones humanas se reflejan en el río como duendes que danzan sobre las aguas, mientras el día se retarda todavía en un cielo verde, frío y delicado.’ Al originario contingente ochentero (The Monochrome Set, Weekend, The Pale Fountains, The Style Council, Louis Philippe, Felt…) se le sumaron artistas posteriores que mantienen viva la llama de la inspiración fértil y elegante: The Pearlfishers, The High Llamas, Bertrand Burgalat, Beaumont… Y entonces ya dimos barra libre, tirando de clásicos sesenteros (Bacharach, The Beach Boys); bossa nova (Jobim, Milton Nascimento, Marcos Valle); soul (Curtis Mayfield); jazz (Duke Ellington, Chico O’Farrill); cine (Delerue, Mancini, Barry, Morricone)… y siempre de los nombres patrios a los que más apego mostramos por continuar ofreciendo, más y mejor, una amplia mirada superadora de cegueras: Malcolm Scarpa, Miguel Ángel Villanueva, Ibon Errazquin, Vigil, Ramón Leal… verdadero orgullo nacional.
Viñetas sonoras enmarcadas en los “arabescos violáceos del crepúsculo” que se filtran en esta agradable entrada desde la que contemplar con serenidad el día que se está yendo… Una buena excusa para otra cerveza y otra canción.”
Vuelta a contemplar ahora, la excelencia que marcó aquellos años de la segunda mitad de los noventa –y siguientes- mantiene su luminosa luz a pesar de las fuertes ráfagas del maldito viento. Hoy esa luz es aún más necesaria.
Y mira, qué bien que me viene esta foto interior del disco que hizo James Kirk en 2003… Entre cerveza y cerveza, brindemos también pues con algo de zumo de naranja por aquellas celebridades de hace unas décadas. Por su eterna recuperación.
Twilight Beer Hall
(Oria-Barranco de Quiles-El Margen-ctjo. El Cantal-campillo Chirivel-Rambla Claví-camino a la derecha-rambla-Vélez Rubio-vía de servicio-rambla Claví...: 80 kms, 6h)
(Cortijo El Cantal)
La vuelta a la Solana del Maimón por el puerto del Peral tendrá que esperar a quedar constatada aquí como bien merece, porque el domingo, tras el día “de descanso” por fuerte viento del sábado (me vino bien para recuperar de la excursión a lo desconocido del viernes), decidí completar el descubrimiento del camino del jueves, haciendo la variante que lleva a una laarga rambla hasta Vélez Rubio. Un poco antes, parada en la Fuente del Gato para recargar… ¡agua ferruginosa! Ya decía yo que ese color… En fin, que si con ella no consigo unas piernas de acero, no sé ya qué intentar. Menos mal que al lado está, parece de chiste, la Fuente del Perro; ésta ya de agua más aceptable al gusto.
Y de Vélez Rubio a casa, por la vía de servicio hasta el puente que me deja a la altura de la rambla Claví, así que vuelvo por donde vine. Desde el campillo de Chirivel, ya incómodo viento en contra. Gente de merienda por la Boca de Oria. Seguro que con chaquetas.
MIENTRAS, EN EL ZURRON...
Esta Semana Santa deja por esos caminos una procesión de canciones parecida a lo que un cansado espectador podría haber visto durante estos días por las calles del pueblo: unos cuantos jóvencísimos nazarenos a intervalos irregulares, soportando el frío y precediendo a unos tronos iluminados, empujados con tozudez. Los nazarenos son canciones como “Into my life”, derroche melódico de impulso funky a cargo de Bodine (sólo un ejemplo del tipo de tesoros que se pueden encontrar si uno visita las Islas de Robinson del estimadísimo Luis dB. Su archivo de canciones es maná del cielo para los que soportamos el férreo marcaje de los horarios laborales y, ejem, familiares), y los tronos iluminados y adornados con flores podrían ser el símbolo de álbumes como el ya comentado de Nick Garrie –supongo que el disco del momento. la nieve se derrite, pero ahí va él, esquiando elegantemente, con la guitarra a la espalda- o recopilatorios como (ya tocaba, ya) el del gran Harry Nilsson, uno de esos artistas cuyo cancionero consigue que te preguntes qué leches hace uno que no se pasa todo el tiempo escuchándolo, sin perder el tiempo con cualquier otra música. Y no es fácil resolver cuál es mi álbum preferido suyo: ¿el que hizo con Randy Newman (Dios los cría…)? ¿Aerial Ballet? ¿Nilsson Schmilsson? Qué mas da… Están bien las reediciones de Camden, juntando elepés en un CD e incluyendo algunos bonus como “Snow”, tan pegada que la tenía a Harpers Bizarre…
Selección de material inspirado… Y eso que aún no tengo A Little Touch of Schmilsson, ni Pussy Cats.
(Oria-Al-8101-camino de la Torre-A-399-Partaloa-La Cañada-rambla-Cantoria-Collado de Líjar-carretera a Macael-A-349-rambla la Tonta-Oria: 79 kms, 5h 55')
Los días en los que uno sale sin rumbo fijo suelen ser los más peligrosos porque por culpa de la indecisión se puede terminar lejos de casa, medio perdido…
Eso me paso el viernes. Entre semana, uno sueña con la cantidad de rutas previstas por hacer, para disfrutar, y cuando por fin tienes varios días seguidos, llega el momento de no saber por dónde tirar esta vez. Insatisfecha abundancia. El colmo, vamos.
Decidí cumplir la foto pendiente del instituto de Cantoria, símbolo de los viejos buenos tiempos. Esta vez bajé hasta Partaloa pero por el desértico vaivén paralelo a la carretera, que lleva, entre sus múltiples opciones –supongo que la más larga será hasta Albox-, hasta el cementerio. Pasado el pueblo, como tenía ganas de ver qué hay tras esas palmeras en el desvío a la izquierda de la carretera a La Piedra Amarilla, por ahí que echo. Llego a una barriadas de casas cuyo cartel reza como La Cañada, y bajo por su rambla hasta pasar la recién estrenada autovía por un puente, siguiendo la rambla hasta llegar a la antigua carretera por la que el troncomóvil de José Antonio nos llevaba al instituto; precisamente en el sitio de esa casa con jardín de grandes árboles que ha quedado ahora separada a la izquierda de la carretera de entrada a Cantoria, y que recuerdo como uno de los momentos más entretenidos del trayecto, con su pequeño puente y todo… tiempos de juveniles ensoñaciones. “Sixteen Forever”, que decían The Nomads.

(Sentimental parada en el Instituto: que suene, por ejemplo, "The Well Of Loneliness" de McCarthy, o "Fall On Me", de R.E.M.)
Y de Cantoria al río, cruzándolo para volver por una carretera que lo bordea por la izquierda, entre chalets en su mayoría de extranjeros. Pero antes de llegar a la altura de Fines, decido meterme por un camino a la izquierda, pensando en que me volvería a traer más o menos al mismo lugar, y que me terminó dejando a un par de kms de Líjar, tras andar perdido un buen rato.
Tuve entonces que decidir si volver por Albanchez y Cantoria o seguir hasta Macael, que es lo que hice, por no repetir trayecto; con el tiempo apremiando y la fatiga que empezaba a notarse, especialmente en la carretera, mitad asfalto mitad tierra, que viene a caer a las canteras. De ahí a Olula y, por la rambla que dicen de La Tonta, hasta Oria. Tarde y con el móvil sin cobertura.
(Oria-Barranco de Quiles-Campo Cisnares-Chirivel-El Collado-ctjo...-Fuente Grande- rambla Chirivel-camino a la sierra-rambla Claví-Campillo de Chirivel-ctjo. El Cantal-El Margen-Daimuz-Oria: 70 kms, 4h20')
Aproveché la tarde del miércoles para correr por La Cumbre, disfrutando a ras de suelo de la primavera. A la vuelta en coche, miré por casualidad el cuentakilómetros: 1492… Ahora sé que esa fue la señal que iba a marcar las salidas de esta Semana Santa.
Estoy descubriendo la pequeña sierra que hay entre la de María y la de Las Estancias, con la rambla de Chirivel por un lado y el campillo al otro. Redescubriéndola, puesto que la rambla de Claví que la corta transversalmente ya es uno de los puntos de referencia clásicos de mis rutas por allí.
(El camino de subida al Collado)
De haber salido con más tiempo, quizás hubiera intentado unir la subida al cortijo del Collado con la del puerto del Peral, que no es poca ruta esa, pero decidí regresar tras la obligatoria parada en Fuente Grande, otro de esos nombres asociados a primaveras esplendorosas.
Me gusta ese lugar, y más si bajo por el Collado, girando a la izquierda antes de terminar en el cortijo del Ciruelo, para llegar a otro cortijo con su fuente, balsa, frondosos árboles y escandalosos perros, formando (perros aparte) otro de esos rincones atractivos que siempre tengo en mente (y protagonista de un sueño que no se olvida, de esos por los que te despiertas con el alma ensanchada: imagínate llegar a Oria bajando por un sitio más alto que El Fontanar… como si estuviese pegado a la Sierra de María); aún no sé su nombre. El caso es que por ahí bajo hasta Fuente Grande.
Hoy llegué por asfalto hasta la salida a la autovía, cruzándola por puente para dejarme en la rambla de Chirivel, a la que siempre le asocio demasiada arena suelta como para querer agotarla del todo, así que me decido a explorar, muy cerca, un camino a la izquierda que se adentra en la sierra.
Y canto bingo porque me ha descubierto una estupenda variante que viene a dar, tras unos minutos de indeterminación (“¿dónde leches estaré?”), a… mi querida rambla de Claví, mira tú por dónde. Reconocida de inmediato por ese cortijaco cuyo dueño, seguro, será culpable de infectar la rambla a izquierdas y a derechas con el típico cartel de “Propiedad privada. Prohibido el paso". Este nuevo camino ha merecido la pena, y queda pendiente una variante que parece bajar a la izquierda en dirección a Vélez Rubio.
Esta vez terminé con el extra de la subida del Daimuz: tramo corto, pero de los más duros que conozco por aquí.
(Oria-AL-8100-camino de la derecha en km11-ctjo. de La Pililla- ctjo. La Bermeja-Las Vertientes-El Contador-"camino de la falda de la Sierra de María"-Chirivel-ctjo. Las Carrascas-Boca de Oria-Barranco Quiles: 69 kms, 4h 20')
El domingo repetí en su mayor parte la ruta del día anterior, con la variante, al inicio, de uno de los descubrimientos ruteros más satisfactorios de los últimos tiempos: el camino de la derecha, a la altura del km11 de la carretera hacia Cúllar, que pasa cerca de los cortijos de… ¿Lo Burrueco, puede ser? ¿Los Nogueras? (más labor de documentación. Vergüenza me da, pero en fin) y que, adentrándose por entre Las Estancias, curveando por apartados rincones de labor, con su encanto, me deja en una pequeña rambla bastante arenosa y, antes de terminarla (llega a la altura de los cortijos que están al otro lado del de la Bermeja), tomo a la derecha para llegar por La Pililla hasta la rambla de la Bermeja, que tomo dirección oeste para dejarla subiendo por su cortijo y por ahí… lo de ayer pero al revés.
Se mantiene en mi recuerdo esa variante que me lleva hasta los cortijos de La Pililla, en una magnífica mañana de Domingo de Ramos. Mientras la mayor parte del pueblo estará en misa, yo honro a mi manera la bendición de la comunión con la naturaleza. Por un momento, pequeños detalles parecen confabularse para dejar una impresión que roce lo sagrado: me salen animalillos al paso (zorras, perdices, conejos… A buen seguro, San Francisco de Asís hubiese sido un buen betetero, vaya); la música que sale por los auriculares pone la ambientación: Magna Carta, Nick Garrie (Reactivado para mayor gloria de la melodía, con la ayuda de algunos escoceses muy tenidos en cuenta por aquí, para ofrecer un álbum nuevo con joyas como “Lovers”, "Nook and Cranny" o “Twilight”, descubierta en Flor De Pasión, por cierto. Inmejorable carta de presentación- y, era de esperar, el “That Lucky Old Sun” del bendito Brian Wilson y su cohorte de legionarios de la melodía (merece la pena perder el tiempo en el internete, si uno se encuentra con esto, por ejemplo)… melodías encadenadas sobre radiante verde con penetrante aroma húmedo de pino. Hizo más cualquier sencillo gesto de Chesterton para llamar la atención sobre la necesidad de la alegría en la religión que todas las procesiones emperifolladas y jerarquizadas del mundo. Y de mi pueblo. Aquí también gastan sus gestos politizados. Para ellos.
Dios guarde estos rincones de paz para nuestro respetuoso disfrute, Amén.